Todo comenzó con un hacha de piedra pulida

Por Arturo González González

La inteligencia artificial supone una revolución tecnológica y a la vez industrial. Modifica no sólo la forma de producir y consumir, sino también de conocer, hacer y comunicar. La llamamos cuarta revolución industrial para vincularla con sus antecesoras. Para encontrar los fundamentos históricos de dicha revolución en ciernes, te propongo iniciar un viaje en el tiempo, desde lo más cercano hasta lo más lejano, incluso más allá de las tres revoluciones industriales precedentes. La idea es que veamos en perspectiva la acumulación de saltos que ha dado la humanidad a lo largo de su historia y que conducen a la revolución de la IA actual.

Aprendizaje automático. Robótica avanzada. Automatización total de procesos. Internet de las cosas. Análisis masivo de big data. Impresión automática 3D. Movilidad autónoma. Son conceptos vinculados con la revolución de la IA que no surgen de la nada. Para llegar a ellos tuvo que desarrollarse previamente otra revolución tecnológica, la revolución digital. Su espacio temporal abarca desde la década de 1950 hasta la segunda década del siglo XXI. Su foco innovador estuvo en las tecnologías de la información y las telecomunicaciones. De la informática a la internet, la tercera revolución industrial se basó en la gestión y procesamiento de la información y en el nacimiento de la automatización inteligente de procesos industriales. En un ejercicio de simplificación diríamos que un día se creó una computadora, luego fueron millones, después se conectaron entre sí y diversificaron y ampliaron sus funciones. Se formó una sociedad de la información que fue uno de los pilares de la globalización de finales del siglo pasado y principios del presente liderada por Estados Unidos. También la tercera revolución industrial trajo la posibilidad de generar energías de fuentes renovables.

Viajemos ahora a 1870, inicio de la segunda revolución industrial, sin la cual no se entiende la revolución digital. Sus características principales fueron la consolidación de la gran industria, la producción en serie, la proliferación de la inventiva sistemática, el avance en las telecomunicaciones y la utilización del petróleo y la electricidad como fuentes de energía. El telégrafo, el teléfono, la radio, el cine, la televisión, el motor de combustión interna, el auto, el buque y la locomotora de diesel y el avión, así como los sistemas productivos del taylorismo y el fordismo, son hijos de esta segunda revolución que transformó la sociedad profundamente. Fue una época en la que, desde las Islas Británicas, la industrialización se mundializó y permitió el surgimiento de nuevas potencias, como Alemania, Japón y Estados Unidos, pero también el afianzamiento de poderes sociales, como los sindicatos internacionales.

Pero la segunda revolución industrial fue una consecuencia de la revolución industrial que se dio entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX en Reino Unido. Es la que conocemos como revolución del motor de vapor. La máquina sustituyó por primera vez a la fuerza humana y animal en varios procesos productivos a la par de que creó nuevos procesos que aceleraron la producción de bienes de consumo. El carbón fue la fuente de energía emblemática de la época, y el acero y el algodón las materias primas centrales. La primera revolución industrial vio nacer la mecanización de la economía, la tecnificación de la agricultura y, gracias al ferrocarril, la conexión intracontinental. Además supuso una evolución de la navegación con la sustitución del barco de remo y vela por el de vapor. Esta revolución permitió al Reino Unido convertirse en la primera potencia mundial a la cabeza de un sistema global imperial.

La mayoría de las genealogías tecnológicas parten de la primera revolución industrial. Pero ésta no se explica sin lo que el historiador Jan de Vries llama la revolución industriosa de los siglos XVII y XVIII. Dentro de este proceso se transformaron los hábitos de producción y consumo de los hogares de Europa, principalmente en Inglaterra/Reino Unido y Países Bajos. La creciente demanda de bienes de consumo provocó que los talleres multiplicaran su capacidad de producción a través de la incorporación de mujeres y niños a la fuerza laboral manufacturera y de la multiplicación de las horas de trabajo. La revolución industriosa allanó el camino a la revolución industrial al crear las bases de la sociedad de consumo, crecer la productividad de la mano de obra e incorporar a los procesos de producción las innovaciones tecno-científicas que se propagaban por Europa.

Este último punto nos conduce a la revolución científica que inicia con la imprenta de Gutemberg a mediados del siglo XV. La nueva técnica de reproducción de textos facilitó la expansión del conocimiento que comenzaba a multiplicarse debido al impulso de los descubrimientos y la investigación. De Copérnico a Newton, pasando por Descartes, Bacon y Galileo, la forma de entender la realidad física se modificó sustancialmente, lo que sentó las bases del pensamiento científico que abonó a la revolución industriosa y condujo a la revolución industrial. Pero buena parte de la ciencia generada por los países europeos durante este periodo se basó en la recuperación de los avances logrados por otras civilizaciones.

La revolución científica no hubiera sido posible sin la revolución islámica del conocimiento y la revolución inventiva china, las cuales ocurrieron de forma casi simultánea entre los siglos VIII y XIII. Las sociedades musulmanas recuperaron el conocimiento antiguo de Grecia y Roma e hicieron sus propias contribuciones a la astronomía, las matemáticas, la química, la óptica, la medicina y la ingeniería. Por ejemplo, el álgebra y el concepto de algoritmo, fundamentales para la revolución tecnológica actual, son contribuciones del persa Al Juarizmi. Respecto la inventiva china, baste mencionar la brújula, la imprenta (que posteriormente perfeccionó Gutenberg), la pólvora, el papel y el papel moneda, como innovaciones cruciales para la historia humana.

Unos cuantos siglos antes, justo mediado el inicio de nuestra era, ocurrió en Roma una revolución técnica. Los avances romanos en ingeniería civil, arquitectura, agricultura, minería, infraestructura, gestión urbana y derecho constituyeron la base de la posterior sociedad europea que, nutrida por las contribuciones islámica y china, daría lugar a las revoluciones científica e industrial. El Imperio romano creó la red de ciudades más eficiente hasta entonces concebida. Pero los romanos replicaron y adaptaron con mejoras el conocimiento generado por la revolución filosófica del mundo griego ocurrida durante la era axial, el momento en el que la humanidad alcanzó su mayoría de edad. Esto ocurrió entre los siglos VIII y II antes de nuestra era. De la explicación mitológica de la realidad, los filósofos griegos nos condujeron a la explicación racional de la naturaleza, con lo que sentaron las bases de la lógica, la ciencia y el conocimiento sistemático del mundo.

La posibilidad de que seres humanos dedicaran más tiempo a pensar que a producir sus medios de subsistencia fue fruto de dos factores: la esclavitud y la revolución metalúrgica. La primera permitió a una clase propietaria emanciparse de las labores productivas, a costa de la explotación masiva de otros seres humanos. La segunda proporcionó las condiciones materiales suficientes para mejorar la calidad de vida de la clase propietaria. La revolución de los metales ocurrió entre el cuarto y el primer milenio antes de nuestra era. Del uso generalizado de instrumentos de piedra se pasó al dominio y la utilización de herramientas metálicas, primero de cobre, luego de bronce y después de hierro. La dureza y maleabilidad de estos metales fue un elemento que contribuyó a avances técnicos que transformaron la sociedad, la cual se volvió cada vez más productiva, urbana, centralizada y jerarquizada. La posibilidad de generar y guardar excedentes impulsó la escritura, la navegación y el comercio a larga distancia, lo que, a su vez, motivó el intercambio cultural y cognitivo, fundamental para acelerar el progreso técnico.

Así es como llegamos a la última etapa de nuestro viaje: la revolución neolítica. Es la primera gran transformación material de la sociedad humana, y ocurrió entre los milenios décimo segundo y sexto antes de nuestra era. La creación y utilización generalizada de herramientas líticas facilitó la vida de las sociedades y abonó a otras mejoras que cambiaron la forma de organización. De pueblos nómadas con actividades primordiales de recolección y caza se transitó a los primeros asentamientos permanentes que introdujeron la ganadería y la agricultura como principales medios de sustento. Aquí comienza el tortuoso y maravilloso ascenso de la humanidad hacia el dominio de la ciencia y la técnica que nos tienen hoy en el umbral de la posibilidad de ver máquinas racionales produciendo de forma independiente otras máquinas racionales. De la punta de flecha de piedra al dispositivo 100 % autónomo, es necesario recordar el camino que hemos transitado como especie si queremos comprender la dimensión y esencia de la cuarta revolución industrial, la de la IA.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.