Seis mitos de la revolución tecnológica

Por Arturo González González

La casi omnipresencia de la tecnología nos lleva a cometer errores a la hora de ponderarla. Nos hemos familiarizado tanto con su uso que solemos obviar aspectos de ella cuando no tergiversar su realidad. Sabemos más de su uso que de su funcionamiento. No necesitamos conocer con exactitud cómo opera un celular o una computadora para sacarle provecho. Pero no siempre ha sido así. Hace miles de años, en la adolescencia de nuestra especie, los inventos tecnológicos se transmitían de generación en generación. Era muy probable que quien utilizaba un arco también supiera cómo hacerlo y, por ende, entendiera su funcionamiento además de su uso. Hoy no es así. Y esto tiene que ver con la creciente complejidad de la tecnología, pero, sobre todo, por las estructuras económicas y sociopolíticas que la soportan. Existe una distancia enorme entre quienes desarrollan la tecnología que usamos y los que sólo la utilizamos. Y en nuestra ignorancia práctica solemos reproducir los mitos que se difunden en torno a los artefactos. Si queremos entender la dimensión de la revolución tecnológica de nuestro tiempo debemos romper con esos mitos y acercarnos a las entrañas de lo que la sustenta.

Antes de entrar de lleno a esos mitos, creo importante establecer la diferencia y relación entre tres conceptos que solemos usar como sinónimos: innovación, tecnología y revolución tecnológica. Innovar quiere decir básicamente introducir algo nuevo. Cuando eso nuevo que se introduce sólo mejora lo existente, se llama innovación incremental. Pero cuando significa un salto cualitativo, la innovación es radical. Tecnología es el conjunto de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento empírico o científico. Y una revolución tecnológica es un proceso histórico en el cual un conjunto de tecnologías es reemplazado por otro en un determinado periodo de tiempo. Aunque los tres conceptos se parecen, no son lo mismo. Sin embargo, guardan una estrecha relación. La innovación y la tecnología son condiciones para que ocurra una revolución tecnológica. Las definiciones dadas sirven de base para desmontar los mitos que son recurrentes cuando abordamos este tema. Identifico aquí seis, aunque hay más. Veamos uno por uno.

Mito I: toda innovación es tecnológica. Es demasiado común creer que innovar siempre significa crear tecnología. Y no es así. La innovación social, por ejemplo, conlleva la concepción de nuevos métodos, procedimientos y normas en ámbitos como la educación, la economía y la justicia. La democracia fue una innovación política en la Atenas del siglo V a. C. La novela fue una innovación literaria del siglo XVII, aunque existen antecedentes que se remontan hasta el siglo II. Los Derechos Humanos, los sindicatos, el derecho internacional, la gobernanza supranacional, son ejemplos de innovaciones que no tienen que ver directamente con tecnología. Más aún, existe innovación en la vida cotidiana de cada uno de nosotros, tanta como la suma de todas las formas distintas de resolver problemas en el día a día. En todo caso, las herramientas tecnológicas pueden ayudar a consolidar las innovaciones que ocurren en la cultura, la economía, la política, la sociedad y el ámbito familiar.

Mito II: toda innovación tecnológica es útil. La primera máquina de vapor no se inventó en la Inglaterra del siglo XVII, sino en el Egipto romano del siglo I. El artífice fue el matemático e ingeniero Herón de Alejandría, quien construyó un dispositivo conocido como eolípila, una esfera de cobre con tubos que daba vueltas mientras expulsaba vapor de agua. Más allá de la curiosidad, el invento no tuvo impacto en una sociedad que se basaba en la mano de obra esclava para producir riqueza. Las fuerzas productivas no estaban maduras para que un invento así pudiera tener repercusiones en la manera de producir. Para que una innovación tecnológica sea útil es necesaria la convergencia de necesidades sociales, políticas y económicas. Ocurre aún hoy: cada año cientos de inventos –sino es que miles– son relegados o guardados porque la sociedad o el mercado aún no le encuentra un beneficio práctico real y atractivo. La innovación tecnológica no es garantía de éxito o utilidad.

Mito III: toda innovación tecnológica es positiva. De la misma forma que la utilidad no está dada per se con la creación, el uso positivo tampoco está garantizado. Como ya dije, la tecnología es la aplicación del conocimiento empírico y científico, y su valor depende del uso que se haga de ella. Hay numerosos ejemplos de innovaciones tecnológicas perniciosas, pero quizá la más evidente es la bomba nuclear. Se trata de un arma capaz de acabar con ciudades enteras. No tiene un uso benéfico, su fin es meramente destructivo. Podemos citar también los sistemas de vigilancia social masiva o los algoritmos de manipulación de información. Incluso en los casos en los que la tecnología tiene un potencial benéfico, depende del contexto en el que se utilice. Es lo que ocurre con la inteligencia artificial: ayuda a acelerar y mejorar procesos productivos y creativos, pero también puede usarse para controlar, reforzar sesgos o afianzar la desigualdad. Los tecnoptimistas, por ignorancia o conveniencia, pasan por alto los riesgos de las innovaciones tecnológicas.

Mito IV: toda tecnología es revolucionaria. Otro error común es atribuir a la tecnología poderes transformadores a priori, cuando la gran mayoría de los artefactos tecnológicos no conllevan cambios profundos. Para que ocurra una revolución tecnológica debe concatenarse una serie de innovaciones técnicas radicales de manera tal que transformen una sociedad o un aspecto fundamental de ella. Pensemos en la revolución de la informática: desde las computadoras hasta la internet, pasando por los circuitos integrados, el software y los servidores, dentro de una red de telecomunicaciones de alcance global. Fue un proceso que requirió, por lo menos, cuatro décadas, y que modificó sustancialmente la forma de comunicarnos y reorganizó sectores económicos completos. En pocas palabras, ayudó a construir nuevos paradigmas.

Mito V: las revoluciones tecnológicas son apolíticas. Es imposible desvincular la revolución tecnológica de las relaciones de poder, las decisiones políticas y los intereses económicos. Tratemos de imaginar qué hubiera sido de la carrera espacial, que transformó nuestro mundo más de lo que creemos, sin la determinación de los gobiernos de la Unión Soviética y los Estados Unidos. Cuesta trabajo imaginarlo porque el desarrollo de la astronáutica fue una política de Estado. De igual forma, no podemos concebir la creación de la internet sin la decisión política y la inversión pública del gobierno estadounidense en colaboración con las universidades, y la posterior apropiación privada que se ha hecho de dicha innovación. Las revoluciones tecnológicas no ocurren en el vacío: los intereses geopolíticos son tan determinantes como las ambiciones económicas.

Mito VI: las revoluciones tecnológicas benefician a todos por igual. Cuando los tecnoptimistas imaginan el mundo del futuro suelen ver a todos sus habitantes con una calidad de vida muy superior gracias a la tecnología. Me parece curioso porque ese mundo se parece más a la promesa comunista que a la concepción capitalista de la sociedad basada en la desigualdad, y que es la concepción de la mayoría de los imaginantes de la utopía tecnológica. El problema radica en el sesgo. Los tecnoptimistas sólo ven en su futurología a aquellos que extraen el mayor provecho de las revoluciones tecnológicas. Pero está documentado por la arqueología que, por lo menos desde el cambio de la Edad del Cobre a la del Bronce, toda revolución tecnológica provoca una nueva concentración de poder y riqueza y, a la postre, nuevas estructuras de desigualdad.

En el caso de la revolución presente hay un factor de novedad: las nuevas tecnologías y sus impulsores, los tecnoligarcas, se han erigido en un poder en sí mismo. Hasta ahora, las innovaciones técnicas siempre se habían subordinado a los poderes religioso, político y/o económico. Hoy, parte del salto tiene que ver con un tecnopoder que les habla de tú a tú a los demás, se relaciona desde ahí con ellos y busca organizar la sociedad a su beneficio.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.