Geopolítica del narco en el fin de un ciclo hegemónico

Narco

Por Arturo González González

Presionado por el presidente estadounidense Donald Trump, el gobierno mexicano dio en febrero el mayor golpe al crimen organizado en los últimos años. Y mientras Estados Unidos bombardea a Irán, retiene al expresidente venezolano Nicolás Maduro y asfixia a Cuba, acusa a México de ser “el epicentro de la violencia de los cárteles”. Y lo hace en el marco de la creación en Florida de la coalición militar “Escudo de las Américas”, que reúne a una docena de países gobernados por grupos de derecha y extrema derecha en América Latina y el Caribe. ¿Es cierto lo que dice el mandatario del país que alberga el mayor mercado de drogas y armas en el mundo, así como las redes financieras que usan las organizaciones criminales para mover sus ganancias? Veamos.

Es dominante en los medios el tratamiento del narcotráfico como un problema casi exclusivo de seguridad. Son poco comunes los abordajes desde perspectivas diferentes y más profundas. La sobredimensión del fenómeno como un asunto eminentemente securitario no abona a la construcción de respuestas a preguntas que me parecen de suma relevancia. ¿Por qué la persistencia y el arraigo del fenómeno narco en América? ¿Cuál es el verdadero propósito del gobierno actual de Estados Unidos respecto al tráfico de estupefacientes? Para responder a ambas preguntas, propongo abordar la cuestión desde un enfoque geopolítico y una perspectiva de sistemas-mundo. Pero comencemos por el principio.

Una elocuente etimología, una definición más amplia

La historia de la palabra cártel es curiosa pero representativa. De su significado primigenio latino como “carta”, “hoja” o “tarjeta” –es decir, un medio de comunicación– se transforma en inglés para designar una acuerdo escrito entre gobiernos en conflicto. Al pasar al alemán, se convierte en medida de unificación de aranceles y procesos técnicos entre compañías originalmente ferroviarias. De ahí, el salto es casi natural: un cártel como una agrupación económica con fines monopolistas o de explotación exclusiva. Hoy la palabra cártel se refiere a una organización criminal cuyo principal objetivo es el tráfico de drogas. La historia de la palabra abarca los ámbitos de la comunicación, la política y la economía, implícitos todos en el fenómeno de los cárteles del presente. La palabra describe bien la realidad que representa.

Una definición sencilla de cártel es la de un grupo criminal organizado que cuenta con un mando central que ejerce cierto control en un territorio y moviliza drogas de un sitio de producción a un mercado de consumo. La definición es útil, pero insuficiente. Deja fuera tres características importantes del fenómeno que se vuelven notorias cuando adoptamos un enfoque geopolítico. Primero: el cártel actúa en tres capas territoriales vinculadas entre sí, desde lo local hasta lo transnacional pasando por lo regional, ya sea como una estructura única o como una suma de células. Segundo: opera gracias a una red multifuncional que incorpora logística, finanzas e instituciones políticas. Tercero: depende tanto de su estructura ilegal como de infraestructuras legales de transporte, comercio, actividad financiera y consumo, que permiten la circulación de mercancías, armas y dinero.

Más allá del crimen y el castigo

Un primer hallazgo es que el narco no es un asunto exclusivamente criminal, sino que tiene que ver también con la pugna por el control de espacios, rutas y redes legales e ilegales, y, sobre todo, con la obtención de rentas extraordinarias que genera una cadena de valor globalizada. Dado que los estados nacionales también luchan por espacios, y las economías capitalistas buscan captar rentas de las cadenas de valor, el cruce entre actividades lícitas e ilícitas se vuelve parte de un sistema que, por cooptación o coerción, tolera y hasta promueve las operaciones de los cárteles por más que estos compitan con actores políticos y económicos legales y legítimos. En momentos en que la vieja lógica imperialista es reproducida nuevamente por élites políticas y sus socios económicos, el sistema exhibe las grietas por donde se pueden ver las conexiones y las disputas en medio de una guerra de narrativas encontradas.

Adoptar un enfoque geopolítico nos permite cambiar las preguntas respecto al fenómeno del narcotráfico. De la obsesión mediática por ¿quiénes son los rostros del cártel?, pasamos a cuestionamientos de mayor relevancia como ¿cuáles son las rivalidades de poder que se dan sobre qué territorios, con qué recursos y redes y bajo cuáles representaciones o narrativas? Y no se trata sólo del lugar o la ruta donde opera el cártel, sino de todo aquello que permite dicha operación y su despliegue en el territorio, y con qué grado de efectividad. Por lo regular, a mayor efectividad, menor necesidad de violencia. Un cártel violento suele ser un cártel que ve amenazada su posición o necesita afianzarla para obtener recursos que no posee.

Desde la mirada geopolítica podemos ver lo que el enfoque punitivo tiende a ocultar: la dimensión espacial real del poder del cártel; el carácter estratégico de infraestructuras legales usadas con fines ilegales; la interacción entre discursos de seguridad, políticas públicas y estrategias criminales, y el origen y la prevalencia de los mercados de consumo de narcóticos. En este último punto, por ejemplo, es menester preguntar cuáles fueron las condiciones objetivas, legales e ilegales, que dieron lugar a la gigantesca demanda de estupefacientes en Estados Unidos y el porqué de que dicha demanda sea en unas ciudades más grande que en otras. Otra pregunta de relevancia es por qué el gobierno estadounidense enfoca su atención y esfuerzo en los cárteles que operan fuera de su jurisdicción territorial y no en los grupos criminales domésticos, que son los que distribuyen y venden la droga en las urbes de Estados Unidos.

La arquitectura del narco

La geopolítica del narco tiene como punto de partida la integración de seis elementos básicos en una misma arquitectura copiada de las estructuras estatales en las que se inserta: territorio, población, rutas de movilidad, poder político, poder de fuego y flujos financieros. El territorio sirve de plataforma para producir, almacenar, distribuir y ejercer un paragobierno, que puede ser paralelo, subordinado o superpuesto al gobierno formal. Dentro del territorio, la población desempeña labores múltiples y simultáneas como fuerza laboral, ejército informal, base social, caja de resonancia cultural (por ejemplo, canciones y leyendas) y mercado de consumo. Como tal, la población es un campo de disputa como lo es el territorio. Las rutas nacionales e internacionales son el sistema circulatorio de la economía de los cárteles. El narcotráfico no es un escollo del comercio globalizado, sino su consecuencia: se vale de él. Los flujos de drogas son subsidiarios de los de mercancías legales.

Respecto al poder político, poco más se puede decir: sin corrupción, impunidad selectiva y tolerancia efectiva, los alcances de los cárteles serían mucho más acotados. Para ejercer el control sobre el territorio, la población y las rutas, los cárteles necesitan poder de fuego. Las rutas llevan, pero también traen; son vías de doble circulación. Y aquí se asoma, otra vez, la vinculación entre economía lícita e ilícita: los grupos criminales que operan en México se abastecen de las armerías legales de Estados Unidos. Y el último elemento de la arquitectura del narco son las redes financieras, las cuales pueden ser físicas y/o digitales. El efectivo obtenido por la venta de droga y otras actividades criminales se concentra en algunos nodos para ser transferido a través de sistemas financieros transfronterizos y, eventualmente, convertirse otra vez en efectivo o ser blanqueado en actividades lícitas.

Identificada la arquitectura del narco y sus elementos, podemos plantear dos conclusiones plausibles que abonan a responder la pregunta sobre la persistencia y arraigo del fenómeno en el continente. Uno, que los cárteles existen gracias a un entramado político y económico formal y transnacional que permite cuando no fomenta su existencia con distintos grados de tolerancia por razones diferentes. Dos, que si un estado nacional decide hacer frente a los cárteles de manera efectiva y eficiente, debe atacar no sólo su circuito territorial, sino también sus circuitos de capital y armamento, así como la red de complicidades institucionales que le brinda apoyo y protección. Enfrentar al narco sin golpear su capacidad financiera, estrangular su poder de fuego ni cortar su acceso a las estructuras legales, es abrir la puerta a un baño de sangre producto de una larga guerra irregular en la que la población y el territorio son el campo de batalla. En México lo hemos visto.

El narco, espejo de un sistema mundial

De forma similar a los cárteles que replican estructuras estatales en su operación, el narcotráfico como fenómeno dentro de un orden mundial es una cadena internacional ilegal de valor que reproduce características de la economía globalizada. Me refiero a rasgos como la división geográfica del trabajo, la transferencia y concentración de excedentes, la jerarquización y líneas de mando y la competencia por posiciones estratégicas. La perspectiva del sistema-mundo expone que lo decisivo no está en la unidad aislada del Estado nacional, sino en la estructura mundial a la que pertenece. Una estructura en la que existe un centro, una semiperiferia y una periferia en la que fluyen capital, materias primas, mercancías y trabajo.

La narcoeconomía funciona de manera parecida, con su generación de rentas extraordinarias que atraviesan fronteras gracias a un sistema interestatal que administra sus flujos –drogas, armas y dinero–, no como una anomalía sino como una realidad estructural. Estados Unidos es el centro, es decir, el lugar hacia donde fluye la mayor parte de la droga, en donde se genera y absorbe el valor económico más alto y desde donde fluyen las armas que empoderan a los ejércitos de los cárteles de la semiperiferia y la periferia. Los países de América Latina precisamente representan esos espacios semiperiféricos y periféricos del narcosistema, con funciones que complementan al centro: territorios de producción, tráfico y disputa, donde se despliegan capacidades logísticas, paraestatales y paramilitares que abarcan un amplio catálogo de actividades lícitas e ilícitas. El fenómeno narco es más un mosaico de economías legales e ilegales entrelazadas que un monolito, y tiene múltiples funciones dentro de los ciclos hegemónicos.

El triángulo India-Reino Unido-China

Es ilustrativo el ejemplo histórico del comercio del opio en el siglo XIX, durante el ciclo hegemónico del Imperio británico. La Compañía de las Indias Orientales (EIC, por sus siglas en inglés) administró un esquema triangular entre la India, China y Gran Bretaña para aliviar el déficit comercial que Londres tenía respecto de Pekín debido a la importación masiva de té y otros productos chinos. El sistema funcionaba más o menos así: los británicos extraían de tierras indias opio para introducirlo por la fuerza al mercado chino, donde estaba prohibido, y el opio era pagado a precios altos con plata que era usada por los británicos para comprar el té y otros bienes chinos. El opio era mucho más que una simple droga, era un instrumento de comercio internacional, acumulación de capital y coerción al grado de motivar dos agresiones (1839 y 1856) por parte del Imperio británico contra el chino. A la centuria larga que media entre 1839 y 1949 se le conoce en China como el “Siglo de la Humillación”. Volvamos a la etimología: narco proviene de una palabra griega que significa entumecimiento, justo lo que le ocurrió al gigante asiático con el opio introducido por los británicos.

El triángulo India-Gran Bretaña-China muestra la amalgama entre lo lícito –las prácticas coercitivas británicas– y lo ilícito –la venta del narcótico en el mercado chino–; amalgama en la que Gran Bretaña es el centro, la India británica la semiperiferia y China la periferia. La visión de lo que es legal y lo que es ilegal se impone desde la lógica del centro imperial, en este caso, Londres. También evidencia que dentro de los vaivenes de los ciclos hegemónicos, la economía del narco puede ser utilizada para equilibrar balanzas comerciales, justificar y financiar expansiones imperialistas y dominar mercados emergentes a los que se somete a la disciplina de la potencia hegemónica, incluso a través de la fuerza armada. Las guerras del opio del siglo XIX marcaron el fin de un proceso histórico que trasladó el eje de gravedad de la economía mundial del Indo Pacífico al Atlántico Norte. Pero la adicción al opio envenenó también a la sociedad británica dada la sobreoferta del estupefaciente, cuya venta tuvo que ser gradualmente regulada hasta ser restringida por el gobierno a principios del siglo XX, ya cuando el Imperio británico se encontraba en declive.

El caso de Estados Unidos en Nicaragua

Entre 1984 y 1986, agencias del gobierno de Estados Unidos, como la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), llevaron a cabo una operación encubierta e ilegal para financiar a los grupos de la contrarrevolución en Nicaragua. La Revolución Sandinista, de corte socialista, había triunfado en 1979, y Washington, durante la Administración Reagan, quería derrocar al nuevo régimen desde “dentro”. La Contra nicaragüense recibió apoyo financiero a través de tres fuentes: la CIA directamente; la venta de armas a Irán, que estaba expresamente prohibida por los propios Estados Unidos dado que el régimen de los ayatolás de Teherán era considerado enemigo, y la venta de drogas que cárteles mexicanos y colombianos llevaban a cabo. Es decir que, con el objetivo de obtener recursos para los grupos antisandinistas de Nicaragua, funcionarios estadounidenses consintieron, cuando no propiciaron, el tráfico ilegal de drogas y armas. El caso de la Contra nicaragüense respaldada por la CIA es un ejemplo de uso de la economía criminal con fines geopolíticos y afanes hegemónicos, en consonancia con lo hecho por el Imperio británico en el siglo XIX. No sobra decir que las armas vendidas a Irán salieron de las armerías de Estados Unidos, y que las drogas se vendieron principalmente en el mercado estadounidense.

Una cadena de valor multiregional

La perspectiva analítica de los sistemas-mundo nos da elementos para afirmar que el “problema de las drogas” no es local ni nacional, sino global, y se organiza en una cadena de valor multi-regional, incluso con el impulso de los estados centrales del sistema con objetivos y utilidades diversas. Bajo esta lógica, México, como territorio semiperiférico, tiene una doble función: es tanto un territorio de producción y manufactura de estupefacientes como un corredor logístico vital de abasto al mercado estadounidense. Los precursores de ciertas drogas sintéticas provienen de China, se transforman y transportan en México y reciben el tratamiento final para su venta en Estados Unidos.

No obstante, el foco de Washington está en los cárteles que operan fuera del territorio estadounidense, que son vistos como amenazas a la seguridad nacional. Poco se habla de las agrupaciones que manufacturan y distribuyen las drogas dentro del país y que llevan las sustancias de la frontera sur a las calles de Detroit, Filadelfia y Nueva York. Dichas agrupaciones son tratadas como “pandillas” que, con todo y que están armadas y controlan rutas y territorios –como los cárteles–, se asumen como un problema de orden menor. La contradicción es evidente: mientras los grupos “narcoterroristas” externos son un asunto de seguridad nacional que requiere incluso la intervención de las fuerzas armadas, las pandillas son una cuestión de seguridad pública que es tolerada en ciertas circunstancias. ¿Por qué es así? Porque es como mejor sirve a los intereses geopolíticos de Washington.

La ‘amenaza narco’ como recurso

Con lo hasta aquí anotado, creo que existen elementos para sugerir que el propósito real de la política de Trump sobre el narcotráfico no es combatirlo, sino expandir su autoridad legal y coercitiva, bajo el concepto de extraterritorialidad de la ley, tal y como lo ejerció contra Nicolás Maduro. Usar esa autoridad como palanca geoeconómica y geopolítica sobre México y otros países del continente para reordenar la relación en términos de frontera, migración, extradiciones, inteligencia, finanzas y cadenas logísticas, en un momento en el que la competencia sistémica con China ha llevado a Estados Unidos a cambiar la hegemonía proactiva por la dominación reactiva. El lenguaje de seguridad nacional para enfrentar una “amenaza externa” le sirve para habilitar herramientas de excepción y “justificar” medidas coercitivas geoeconómicas como los aranceles. El objetivo último sería disciplinar a los gobiernos del continente, obligándolos a asumir mayores costos de seguridad bajo la visión estadounidense; exigiéndoles que se alejen de actores extra hemisféricos, como China, y presionándolos para que se conviertan en un espacio más de salida de los enormes inventarios de armas del gigante americano.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.