Irán, otro signo de los tiempos

Irán

Por Arturo González González

Al momento de escribir estas líneas, los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán continuaban, al igual que la respuesta de Teherán; el asesinato del líder supremo iraní Alí Jameneí y varios mandos de la República Islámica había sido confirmado, y el presidente Donald Trump aseguraba que los nuevos dirigentes de Irán se mostraban “dispuestos a negociar”. Esto último es curioso porque Washington y Tel Aviv decidieron atacar Irán mientras se celebraban negociaciones en Ginebra.

Lo ocurrido en Irán y Oriente Medio el fin de semana es una nueva etapa de un conflicto regional que lleva lustros. La situación actual es de una guerra abierta de alta intensidad por fases, efecto de un ciclo de escaladas sucesivas. Más allá del alcance regional, la confrontación militar se inscribe en un contexto internacional de transformación profunda y de rivalidad sistémica entre Estados Unidos y su declinante hegemonía, y China, la potencia emergente. La geopolítica y la geoeconomía definen mejor los intereses en juego que la falsa idea de que a las partes enfrentadas les preocupan los derechos de los ciudadanos, la democracia o la soberanía. Lo que atestiguamos es un ejercicio de poder puro y duro, con argumentarios flexibles y adaptables a conveniencia.

No es difícil ver que lo que está en juego la preeminencia y supervivencia de las potencias mundiales y regionales en un momento de transición y alta competencia interestatal. El enfoque geopolítico de la escuela francesa de Yves Lacoste y Barbara Loyer, así como la perspectiva analítica de los sistemas-mundo de Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi nos sirven para comprender a profundidad, más allá de prejuicios ideológicos, ruido y miradas superficiales, uno de los conflictos más importantes de la época que nos toca, y que tiene alcances globales.

Viejas y nuevas enemistades

La sensación de rivalidad entre ambos bandos viene de hace tiempo. En su fase moderna aparece con la caída del régimen del Sha Reza Pahlevi, que había sido subsidiario de Estados Unidos, y el triunfo de la revolución islámica en 1979. Desde entonces la República Islámica de Irán ha sido considerada como una afrenta para Washington y un desafío para los intereses expansionistas de Tel Aviv. Pero la histórica Persia es vista como enemiga en Occidente desde las antiquísimas guerras entre los aqueménidas y los griegos, hace dos mil quinientos años, a quienes las potencias occidentales consideran “padres de su civilización”, así como ven en Israel hoy un enclave de avanzada en la estratégica región de Oriente Medio.

Los antecedentes más cercanos de la guerra en curso se remontan a octubre de 2023, con los terribles atentados perpetrados por el grupo extremista palestino Hamás contra ciudadaos en su mayoría israelíes, y la brutal y desproporcionada respuesta de Israel contra la población de Gaza. Junto con la Yihad Islámica, el grupo extremista libanés Hezbolá, las fuerzas hutíes de Yemen, las milicias chiíes de Irak, entre otros, Hamás forma parte del llamado Eje de la Resistencia, una estructura informal que coordina la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Este eje se opone a los planes de Israel y Estados Unidos de organizar Oriente Medio bajo sus intereses en alianza con países de la región no afines a Teherán.

De alguna forma, el afán hegemonista regional de Irán y sus aliados es un contrapeso al imperialismo sionista israelí que tiene todo el apoyo político, económico y militar del renovado imperialismo estadounidense. En junio de 2025, tras varios enfrentamientos más o menos directos, Estados Unidos e Israel atacaron abiertamente a Irán so pretexto de acabar con la capacidad del estado persa de construir su propio arsenal nuclear. La guerra duró 12 días, y tanto Irán como Israel resultaron golpeados. La “paz” no resolvió el conflicto, sólo lo aplazó. Y ahora, en medio de las negociaciones más importantes entre iraníes y estadounidenses en años, el presidente Donald Trump decide escuchar a su socio y amigo Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, para volver a la guerra contra la república teocrática de los ayatolás.

De las negociaciones a la guerra

Por más necesarias y relevantes que fueran las negociaciones, tenían un estrecho margen para prosperar. Las posiciones eran extremas, sobre todo del lado occidental. Estados Unidos, a solicitud de Israel, pedía a Irán la clausura de su programa nuclear, la desaparición de su programa de misiles balísticos, la reducción de sus capacidades militares y la suspensión del financiamiento a las fuerzas del Eje de la Resistencia. Teherán sólo estaba dispuesto a negociar sobre el programa atómico a cambio del retiro de las sanciones aplicadas por Washington y sus aliados desde la ruptura del pacto nuclear en la primera administración de Donald Trump. Resulta obvio que para Washington y Tel Aviv sólo había una ruta de negociación: la claudicación de Teherán. Y como leyeron que no la iban a conseguir en la mesa, la buscaron a través de la guerra. No es que la diplomacia haya fracasado, sino que fue pateada por considerarla inútil para los objetivos sionistas.

Un aspecto de relevancia es la instrumentalización de la inconformidad ciudadana en Irán por parte de Occidente. Ni a Trump ni a Netanyahu les preocupa liberar a los iraníes de la “tiranía”. El argumento les interesa en la medida de que les sirva a sus fines geopolíticos y económicos. Un claro ejemplo de la instrumentalización es que la República Islámica de Irán no es más represora que la monarquía absoluta de Arabia Saudí, que goza del aval de Washington y avanza en la normalización de su relación con Tel Aviv. El concepto “democracia vs. tiranía” es una falsa dicotomía. Tanto así que los gobiernos estadounidense e israelí se valen muchas veces de tácticas verticales similares a las usadas por el gobierno iraní. La diferencia está en las capacidades, la concentración y el poder de cada uno de los actores.

Los objetivos de cada bando

Pero, ¿qué buscan en realidad Estados Unidos e Israel al atacar a Irán? Los documentos estratégicos de los gobiernos agresores me llevan a observar cuatro objetivos estructurales vinculados entre sí. Primero, neutralizar las capacidades de defensa de Teherán al grado de eliminar su capacidad de autonomía. Segundo, reconfigurar todo el entorno regional para alinearlo a los intereses sionistas israelíes e imperialistas estadounidenses. Tercero, blindar la expansión del Estado israelí bajo la doctrina del Gran Israel, el “espacio vital” que el sionismo reclama en la zona. Y cuarto, gestionar la transición global con herramientas de coerción en medio de la crisis del multilateralismo provocada por los propios Estados Unidos. En este sentido, la Junta de Paz de Trump está llamada a sustituir a la ONU en la gestión de conflictos y paces desde una perspectiva imperialista económica.

En contraparte, Irán persigue primordialmente un objetivo: la supervivencia del régimen teocrático y del Estado con facultades autónomas. Y para ello, desde su perspectiva, requiere de una carta nuclear de negociación; un poder disuasorio, como lo son sus misiles y drones; una estructura de aliados, como el Eje de la Resistencia, que le permite externalizar los costos del enfrentamiento con Israel y Estados Unidos, y la legitimación internacional que puede darle la posibilidad de asociarse con potencias no occidentales como China y Rusia. Si Teherán pierde esos cuatro elementos, prácticamente estaría acabado. Mientras el régimen resista, Estados Unidos ni Israel pueden cantar victoria. Y puede resistir incluso sin Alí Jameneí, el extinto líder supremo de Irán.

La importancia de Irán en el tablero

Pero el estado persa tiene una importancia mayor en la transformación global que experimentamos. Irán es un pivote estratégico de la semiperiferia. Además de no estar alineado con Occidente, administra rutas de conexión y flujos de energía a la vez que articula espacios de intermediación alternativos. Evidencia de tal relevancia son su control sobre el estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del petróleo del mundo; su ubicación estratégica entre Asia Oriental y el Pentalaso (la región de los cinco mares), y su capacidad productiva de insumos vitales para la industria como hierro, plásticos, químicos e hidrocarburos.

Para China, rival sistémico de Estados Unidos, el estado persa juega un rol importante en tres vertientes: como fuente de insumos, ya sea al margen o no del sistema que controla Washington; como una de las etapas cruciales de la Nueva Ruta de la Seda, a la que Estados Unidos e Israel quieren competir con el Corredor India-Medio Oriente-Europa (IMEC, por sus siglas en inglés), y como actor contrahegemónico que se ha sumado a las instituciones y foros que el gigante asiático lidera, tales como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y el grupo BRICS ampliado. Doblegar a Teherán significa para Washington estrangular un eslabón de la nueva visión de orden mundial que impulsa Pekín junto con Moscú.

Pero no nos confundamos. Que Irán sea importante para China y Rusia no quiere decir que, en automático, vayan a intervenir directamente en la guerra. Lo más probable es que su participación a favor de la República Islámica sea indirecta, a través de una diplomacia activa de condena al belicismo estadounidense, respaldo económico y apoyo militar indirecto. El presidente ruso Vladimir Putin está demasiado ocupado con su frente en Ucrania, mientras su homólogo chino Xi Jinping mantiene la apuesta estratégica de su país en el largo plazo. Recordemos que lo que para Estados Unidos se mide en años o, a lo mucho, lustros, para China se mide en décadas, incluso siglos. Son dos escalas de tiempo diferentes. La visión geopolítica estadounidense es táctica y reactiva, la china es estratégica y proactiva.

Una apuesta de alto riesgo

Que Trump y Netanyahu cumplan sus objetivos en Irán conlleva tantos riesgos como no alcanzarlos, aunque no los mismos. La caída o debilitamiento del régimen de los ayatolás podría generar un vacío de poder y una competencia violenta de facciones –como lo vimos en Irak–; una posible guerra civil con éxodo de ciudadanos y crisis humanitaria; pérdida de la ruta y control del programa nuclear iraní; estrés energético global por la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, y la radicalización más profunda de grupos antisraelíes y antiestadounidenses.

Por el contrario, la resistencia del régimen provocaría su endurecimiento y la aceleración de su programa nuclear militar; una escalada sostenida de ataques a bases y socios occidentales; la normalización de la inestabilidad en el estrecho de Ormuz; el abandono casi total del orden jurídico internacional, y el aumento de la fragmentación económica global derivado de más sanciones y contrasanciones. Es decir, por donde se le vea, la apuesta del tándem Washington-Tel Aviv ha sido de alto riesgo.

Repercusiones en México y América Latina

La guerra abierta en Oriente Medio tiene un alcance global y tendrá sus repercusiones incluso en lugares tan lejanos como México y América Latina. Es probable un incremento –al menos temporal– de los precios del petróleo debido a alteraciones en la cadena de suministro energético, al igual que una mayor presión inflacionaria debido también al aumento en los costos de transporte de materias primas, bienes intermedios y terminados.

Por otro lado, la fragmentación global y el afianzamiento de bloques económicos regionales podría fortalecer la relocalización de cadenas de producción (nearshoring) con todo y el aumento de los costos productivos debido a la volatilidad. Asimismo, Estados Unidos podría exigir mayor alineamiento geopolítico a sus socios y aliados no sólo frente a Irán, sino sobre todo de cara a China.

Para las empresas mexicanas y latinoamericanas con cadenas globales, el efecto más visible es un incremento de la geopolítica como riesgo corporativo: cumplimiento, trazabilidad, seguros, y exposición a represalias digitales o disrupciones marítimas. Crear y fortalecer el músculo geopolítico en compañías y grupos empresariales es fundamental.

Por último, no debemos perder de vista que la consecuencia principal es la que tiene que ver con lo humano. Personas están perdiendo la vida y sus hogares. Mientras tanto, los tres principales fabricantes de armas estadounidenses (Lockheed Martin, RTX y Northrop Grumman) han elevado el valor de sus acciones entre un 20 % y un 50 % en los últimos tres meses. Irán es otro signo de los tiempos que vivimos.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.