Por Arturo González González
El ritmo vertiginoso de los acontecimientos mundiales resulta en ciertas ocasiones abrumador y demanda una mayor atención, intención y esfuerzo para entender lo que está pasando. Septiembre de 2026 es uno de esos momentos. Es tanto lo que ocurre, son demasiados los hechos que se agolpan uno sobre otro que parece no haber respiro. La tentación de ver cada caso desvinculado de lo demás que acontece es muy grande. Pero si caemos en ella no podremos observar las corrientes que se mueven por debajo de la superficie de la vorágine noticiosa de la mediosfera. Desde hace tiempo ha sido mi interés y empeño tratar de descubrir las señales de las fuerzas que configuran las grandes tendencias de nuestro tiempo. Entiendo que no es una tarea fácil, porque el mundo siempre es más grande y complejo de lo que creemos. Y entiendo también el trabajo que cuesta seguir los hilos conductores de tan abundantes acontecimientos. Pero de algo estoy seguro: merece la pena el ejercicio.
En la última semana larga hemos sido testigos de una serie de hechos aparentemente dispersos, pero que en el fondo están más vinculados de lo que a simple vista parece. Por ahí va la consolidación del impulso de un nuevo orden multipolar desde grupos como los BRICS plus. La transformación del equilibrio regional en Oriente Medio dentro de una guerra internacional de múltiples frentes. La escalada de tensión entre Rusia y la OTAN en el marco de una persistente guerra en Europa del Este. El afianzamiento, al menos en el discurso formal, de la autonomía estratégica de la Unión Europea respecto de Estados Unidos. El acercamiento extraordinario entre Canadá y la Unión Europea ante la pérdida de confianza en su relación con la gran potencia americana. El reposicionamiento geopolítico de Washington en América con un acuerdo con Dinamarca sobre Groenlandia y el desvío de apoyos militares de Europa hacia países afines al gobierno de Trump en América Latina. Y también van por ahí las nuevas fricciones entre China y EEUU por el posible aumento de las restricciones en el desarrollo de IA para ralentizar el avance del gigante asiático y por las sanciones secundarias contra compradores de petróleo ruso.
Estos hechos se suscitan en la víspera de una semana que se antoja crucial, que es la que inicia, y que verá suceder la LXXXI Asamblea General de la ONU, la última con Antonio Guterres como secretario general. A la par, se espera la reunión entre los mandatarios de EEUU, Donald Trump, y de China, Xi Jinping; el encuentro entre el presidente estadounidense y Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela; la firma del acuerdo de seguridad de Groenlandia entre Washington y Copenhague, y el anuncio de un acuerdo bilateral económico y político entre México y su poderoso vecino del norte. Pero vayamos por partes y luego veamos cuáles son los hilos que conectan todos estos acontecimientos.
La nueva gobernanza internacional de los BRICS
Los BRICS plus se reunieron en Nueva Delhi, India, el 12 y 13 de septiembre. Se trata de una especie de versión alternativa al Grupo de los Siete (G7), que acoge a las siete economías occidentales que otrora eran las más grandes del mundo: Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Canadá e Italia. Los BRICS plus, que bien podríamos llamar el Grupo de los Diez (G10), está conformado por China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Irán, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Etiopía. El G10 representa casi la mitad de la población mundial y el 40 % del Producto Interno Bruto global, frente a un G7 que no alcanza el 10 % de la población mundial y no llega al 30 % del PIB global.
Con ese peso específico, y asumidas las diferencias entre sus miembros, el G10-BRICS se pronunció en Nueva Delhi en tres sentidos: a favor de reformar la gobernanza internacional para ampliar la participación de los países del Sur Global en instituciones cruciales como el Consejo de Seguridad de la ONU; en contra de las medidas restrictivas unilaterales en el comercio mundial, y en apoyo de la utilización de monedas nacionales en el intercambio de bienes y servicios como alternativa al dólar. La cumbre del G10-BRICS sirvió también como marco para el avance en la recomposición de la relación entre China e India luego de los enfrentamientos fronterizos de 2020. Junto con la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), el foro de los BRICS abona a la creación de un nuevo orden multipolar.
Conflictos que, en vez de resolverse, se agravan
Los últimos sucesos ocurridos en las guerras de Oriente Medio y Europa del Este constituyen piezas importantes para el armado de este rompecabezas septembrino. La fase del conflicto centrada en Irán ya va para siete meses sin que se vislumbre aún un acuerdo, mientras que la escalada bélica regional está por cumplir tres años. La aventura bélica contra Teherán ha costado ya a Washington alrededor de 45,000 millones de dólares y un impacto negativo en su reputación y capacidad diplomática. Una misión independiente de investigación respaldada por la ONU concluyó que Estados Unidos probablemente cometió crímenes de guerra en los mortales bombardeos contra una escuela y una zona deportiva en Irán. Pero quizá el movimiento más relevante en los últimos días se ha dado en Yemen, donde las fuerzas hutíes del grupo Ansar Alá, que forma parte del Eje de la Resistencia que encabeza Irán, avanzaron sobre el histórico puerto de Moca, vital para fortalecer el control sobre el estrecho de Bab el Mandeb, puerta de entrada al mar Rojo. Así, comienzan a vislumbrarse cuatro rostros de esta guerra: el rostro del desgaste estadounidense, el de la extraordinaria resistencia iraní, el del empoderamiento hutí en Yemen y el de la creciente vulnerabilidad de los corredores globales energéticos y comerciales.
En Europa del Este tampoco se asoma todavía un principio de solución, con todo y los intentos de mediación estadounidense. Muy al contrario, los combates entre las fuerzas rusas y ucranianas se recrudecen, mientras la tensión entre Moscú y los socios europeos de Kiev se incrementa debido a incidentes de amagos y violaciones del espacio aéreo por parte de Rusia. En Bruselas temen que la siguiente escalada en la guerra pueda llevar a un enfrentamiento directo entre aliados de la OTAN y la Federación Rusa. Por otra parte, un informe de la ONU sobre violencia sexual en el mundo señaló que el 89 % de los casos documentados en el marco de la guerra en Ucrania apuntan a autoridades rusas. El conflicto en Europa del Este se desarrolla en una zona gris que va del enfrentamiento abierto y la acumulación de los casos de abusos al riesgo de escalada y extensión y la incapacidad diplomática.
La ansiada autonomía estratégica europea
La guerra en Ucrania es una de las principales preocupaciones de la Unión Europea, pero no es la única. En el otro extremo de su geografía aparece el endurecimiento de la posición de Estados Unidos respecto a Europa. Bajo ese contexto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó el 16 de septiembre su discurso sobre el Estado de la Unión, en el que planteó construir una Europa “más fuerte e independiente”, con más soberanía estratégica y mayor capacidad propia para actuar bajo sus propios intereses. Se trata de un planteamiento que atraviesa múltiples áreas como defensa, energía, comercio, industria y nuevas tecnologías. Y es que la historia de la Europa comunitaria está plagada de dependencias externas: de Estados Unidos en seguridad y tecnología, de Rusia y Oriente Medio en energía y de China en comercio e industria. Tal parece que la Unión Europea busca, al fin, convertirse en un actor autónomo de peso en el mundo. En esa lógica podemos entender la propuesta de hacer de Canadá el primer miembro asociado de la Unión Europea, una jugada con la que ambas partes pretenden disminuir su dependencia de Estados Unidos, mientras éste avanza en el reajuste de su geopolítica con una visión nacionalista y unilateralista.
El control sobre América con un ojo en China
Aterrizamos así en América, donde Washington ha pisado el acelerador de un auto llamado Corolario Trump de la Doctrina Monroe para alinear a todo el continente, ya sea por coacción, coerción o cooptación, y disminuir la influencia de potencias extracontinentales. En ese camino corre el anuncio triunfalista del acuerdo, aún por firmar, de un nuevo tratado de seguridad para Groenlandia con el que, según se ha dicho, Estados Unidos tendría prioridad en las decisiones sobre defensa de la isla para aumentar su proyección estratégica hacia el Ártico, escenario de una fuerte competencia geopolítica. En paralelo, Washington ha anunciado la reasignación de recursos de apoyo militar destinados originalmente a países europeos para dirigirlos ahora a gobiernos afines de América Latina, en momentos en los que el gobierno de Trump avanza en su reconciliación con el régimen chavista de Venezuela ofreciendo un encuentro en suelo estadounidense con la presidenta Delcy Rodríguez con la mira puesta en afianzar el control del petróleo venezolano. Y mientras Canadá voltea hacia Europa, Estados Unidos y México se preparan para comunicar un acuerdo que afianzará la interdependencia entre ambos países.
Como telón de fondo de todos los movimientos mencionados está la creciente rivalidad entre la gran potencia americana y China. El miedo sobre los presuntos riesgos existenciales de la IA se instrumentaliza para, entre otras cosas, proponer restricciones en la transferencia e intercambio tecnológico con el gigante de Asia con el objetivo de frenar sus avances. Además, el Congreso de Estados Unidos acaba de autorizar al gobierno de Trump la aplicación de sanciones secundarias que afectan a países que compran petróleo a Rusia, una medida dirigida contra China e India, los principales clientes energéticos de Moscú. Una vez ubicadas todas las piezas del rompecabezas, ¿cuál es la imagen que nos ofrece?
El cuadro que nos muestra septiembre de 2026
Desde una perspectiva macro, lo que se observa es un sistema internacional en el que la geopolítica asume un protagonismo no visto en la etapa de la globalización neoliberal. Si antes lo más importante era producir en cualquier parte que permitiera una alta eficiencia económica, hoy importa más producir en territorios que brinden seguridad económica. El mundo sigue siendo interdependiente, pero ahora esa interdependencia se territorializa en espacios que adquieren un peso crítico, tales como los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, las rutas del Indo-Pacífico, el nuevo corredor del Ártico, etc. Esta transición observada abre camino hacia una fragmentación de la globalización que nos lleva de un orden unipolar, dirigido desde Washington, hacia un orden multipolar con nuevos centros de poder y nuevas estructuras, como los BRICS plus o la Organización de Cooperación de Shanghái. Pero se trata de una multipolaridad muy competitiva, asimétrica y, por ello mismo, altamente inestable aún. Dicha inestabilidad obliga a los países y bloques a buscar una autonomía estratégica que les permita disminuir su vulnerabilidad y diversificar sus opciones. Las reglas del nuevo orden mundial todavía no están establecidas y buena parte de las tensiones actuales se debe a la pugna por definirlas.
Si nos enfocamos en los principales actores globales, vemos a un Estados Unidos que exhibe sus limitaciones militares en Oriente Medio y diplomáticas en Europa del Este, mientras fortalece su predominio en América. A una China que empuja una reforma a la arquitectura de gobernanza global desde una visión multipolar. A una India que se abre al estrechamiento de lazos con potencias contrahegemónicas, como China y Rusia, sin renunciar a su relación con Estados Unidos y otras potencias occidentales. A una Unión Europea acosada en múltiples frentes que aspira a una autonomía estratégica. A una Hispanoamérica que trata de acomodarse a la nueva doctrina continental estadounidense. Y a un México que intenta mantener su privilegiada vinculación con Estados Unidos sin renunciar a su soberanía.
¿Y qué pasa con nosotros en Hispanoamérica?
Las corrientes que vemos agitarse en septiembre tienen implicaciones relevantes para los países hispanoamericanos. El regreso de una geopolítica estadounidense centrada en su dominio sobre América, aumenta la importancia relativa de los países de la región para los intereses de Washington, pero con una característica especial: la frontera entre política comercial y seguridad nacional se vuelve casi imperceptible. Por otro lado, se vislumbra para Hispanoamérica una oportunidad de diversificación de mercados y conexiones en la medida en que otros actores internacionales construyen relaciones desde una posición de autonomía, en medio de turbulencias geopolíticas que causan efectos colaterales en nuestras economías, tales como el alza en el costo energético y la inflación. Además, el naciente orden multipolar plantea para las naciones hispanoparlantes una disyuntiva entre la alineación política con uno de los polos de poder, o la flexibilidad diplomática para negociar con las distintas potencias en competencia desde una posición de defensa de normas internacionales que limiten el uso de la fuerza entre Estados.
Ante un escenario así, ¿qué nos toca hacer desde nuestros gobiernos, organizaciones y empresas en México e Hispanoamérica? Intentar preservar la relación con Estados Unidos sin que eso signifique cancelar la vía de conexión con otros bloques o estados. Fortalecer las capacidades propias con inteligencia geoeconómica y geopolítica. Y anticipar y actuar en consecuencia frente a las nuevas dinámicas generadas por el paradigma de la seguridad económica, como aranceles, reglas de origen, vetos y restricciones. Conocer con precisión el origen geográfico y tecnológico de los insumos, visualizar alternativas a complicaciones en las cadenas de suministro y aprovechar el potencial de intersección entre manufactura avanzada e inteligencia artificial son ya obligaciones de las empresas que no quieren naufragar en la tormenta. Desde una óptica más sectorial y de organizaciones, diría que no son tiempos –nunca los son, pero menos ahora– para la estrechez, el aislamiento y la rigidez. Necesitamos ampliar nuestra visión global e histórica, aumentar la coordinación regional en todos los ámbitos (energía, infraestructura, tecnología, talento, etc.), y procurar mantener o agrandar el margen de maniobra.