Por Arturo González González
Un avión especial Boeing 747-8 de Air China aterrizó la tarde del miércoles 23 de septiembre de 2026 en la Base Aérea Conjunta Andrews de Maryland, a unos 40 kilómetros de la capital de los Estados Unidos. A bordo de la aeronave iban el presidente de la República Popular China y Secretario General del Partido Comunista de China (PCCh), Xi Jinping; la primera dama china y oficial Ejército Popular de Liberación, Peng Liyuan; el ministro de Exteriores, Wang Yi, y otros funcionarios del Estado chino y del PCCh. A diferencia de los mandatarios de Estados Unidos, los presidentes chinos no cuentan con avión oficial. Para cada ocasión, se adapta uno de la aerolínea estatal de bandera del gigante de Asia. Ya en la pista, cuando el avión por fin se detuvo, se abrió la puerta, se colocó la escalerilla y junto a ella una alfombra roja que fue planchada con las manos por personal estadounidense uniformado. Tras los preparativos, la Guardia de Honor se colocó a los costados de la alfombra roja y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la primera dama estadounidense, Melania Trump, se acercaron a la alfombra roja para esperar a que el mandatario chino y su esposa descendieran del avión.
Fue un protocolo inusitado. Los presidentes estadounidenses no suelen recibir a los jefes de Estado extranjeros en las pistas de aterrizaje. Lo establecido es que lo hagan en la Casa Blanca. Medios como El País y BBC reportan que no se daba una recepción así desde la visita oficial del primer ministro británico Harold MacMillan en 1962, cuando fue recibido por el presidente John F. Kennedy. Es la segunda vez en el año que Xi y Trump se reúnen. El 13 de mayo pasado, el estadounidense viajó a Pekín en visita oficial. En esa ocasión no fue el presidente chino quien lo recibió en la pista de aterrizaje, sino el vicepresidente Han Zheng. Trump cambió el protocolo para dar a Xi un recibimiento extraordinario. Un recibimiento que sólo ha dado a otro mandatario: Vladimir Putin, presidente de Rusia, cuando éste viajó a Alaska en 2025. Todos los demás jefes de Estado y de Gobierno se han tenido que trasladar a la Casa Blanca para ser recibidos por el presidente de la superpotencia americana. El gesto habla por sí solo. El trato de Trump a Xi es –como el dado a Putin– el trato a alguien considerado igual de poderoso… por lo menos. En toda la gira, que duró hasta el 25 de septiembre, hubo una clara intención de agasajar al líder chino. ¿Por qué?
El saludo en la base de Andrews proyecta hacia la historia una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. El origen y contexto de ambos mandatarios difícilmente podrían ser más contrastantes. Hijo de un acaudalado empresario inmobiliario de ascendencia alemana, Trump representa el epítome de la vida americana de la clase alta. Hijo de un funcionario del PCCh fundador de la República Popular y luego caído en desgracia por las purgas maoístas, Xi sintetiza la vida burocrática al servicio del partido. Trump nació un año después de la derrota de la Alemania Nazi que marcó el inicio de la hegemonía global estadounidense. Xi nació apenas cuatro años después del triunfo de la revolución comunista que derivó en la fundación de la República Popular China, y un mes antes del fin de la Guerra de Corea, que significó el primer enfrentamiento entre la potencia americana y el gigante de Asia.
Cuando en 1969 Xi fue enviado a trabajar a una comuna dentro del Movimiento de Regreso al Campo impulsado por Mao, Trump ya tenía un año de graduado de Ciencias Económicas de la prestigiosa Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania y trabajaba en la compañía inmobiliaria de su padre. Diez años después inició la célebre reforma económica de Deng Xiaoping, sin la cual no puede entenderse el despegue de China ni la interdependencia entre el país asiático y Estados Unidos. Xi se graduó en 1979 como ingeniero químico de la Universidad de Tsinghua, de la que más tarde obtendría el doctorado en Derecho, e inició su ascendente carrera dentro del PCCh. Por aquellos años, Trump comenzó a forjarse un nombre propio en el mundo inmobiliario neoyorquino con la construcción de sus primeros proyectos emblemáticos.
El lustro de 2011-2015 fue determinante en las vidas políticas de ambos mandatarios. Los registros videográficos dan cuenta de la tradicional cena de corresponsales de la Casa Blanca del 30 de abril de 2011 en la que el entonces presidente Barack Obama se mofó ampliamente de un Donald Trump presente y observante. Era la venganza en clave de sátira del primer mandatario negro en la historia de Estados Unidos por los bulos difundidos por el magnate inmobiliario sobre el supuesto nacimiento de Obama en Kenia. Es plausible que ese momento impulsara a Trump a tomar la decisión definitiva de postularse como candidato a la presidencia. Un año y medio después, en noviembre de 2012, Xi asumió el cargo de secretario general del PCCh, antesala de la presidencia de la República Popular China que asumió en marzo de 2013. Trump anunció su postulación oficial en junio de 2015. Tras ganar las primarias del Partido Republicano y las generales de 2016, Trump se convirtió en enero de 2017 en presidente de Estados Unidos.
Por aquellos años ocurrió un hecho que pasó desapercibido para la mayoría, pero que resultaría determinante para la relación entre las dos grandes potencias del mundo: China no sólo había superado a la Unión Americana en producción industrial y exportaciones manufactureras, sino que para 2015 era ya la primera economía del mundo a valores de paridad de poder adquisitivo. Estados Unidos enfrentaba a su más formidable competidor al grado de verse superado en pocos años en tres de las ocho capacidades que definen el peso mundial de las grandes potencias. En Washington sí detectaron el rebase.
Xi Jinping se vio con Donald Trump en Washington en medio de un proceso histórico de transición global, similar –mas no igual– al experimentado hace 100 años, cuando la descomposición del dominio británico dio paso a la hegemonía estadounidense. Es evidente que con el magnate republicano en la Casa Blanca, Estados Unidos ensaya un repliegue de su hegemonía con el objetivo de convertirla en una dominación que le permita mantener su posición de privilegio en el mundo. Se trata de una reacción al desafío que representa una China cada vez más potente y asertiva. Una reacción que tiene el rostro de guerra comercial, coerción política, amenaza y uso de la fuerza militar de forma unilateral y vertical y de regreso a las prioridades hemisféricas. Es la ruptura de un orden global creado por la propia potencia americana por considerar que ya no le sirve a sus intereses.
Por su parte, China experimenta con Xi una nueva fase de su transformación en superpotencia. Tras las etapas de consolidación de la revolución, reforma económica y apertura comercial, al actual presidente chino le toca la fase de proyección global del gigante asiático, con la cual ha logrado afianzarse como un actor diplomático más confiable que Estados Unidos. Además, ha llevado a su país al nivel de poder rivalizar al tú por tú en tecnología con la potencia americana. Hoy por hoy, Washington ya sólo tiene clara ventaja sobre Pekín en tres capacidades: finanzas, fuerzas armadas y proyección cultural. Habrá que ver por cuánto tiempo. China ha venido pisando fuerte con la creación de esquemas de intercambio alternativos al dólar, el fortalecimiento de su ejército y su poder nuclear y la ampliación de su diplomacia cultural.
Pekín ha logrado con éxito posicionar la idea de que el “País del Centro” (Zhōngguó, que es como China se llama a sí misma) es uno de los estados-civilización con mayor consistencia y peso en la historia de las civilizaciones, con una tradición estatal de 2,250 años. Frente a sí tiene a un competidor que acaba de cumplir apenas 250 años de existencia como nación independiente. Esta diferencia y el notable aumento de las capacidades chinas han calado hondo en el imaginario de las élites políticas y económicas estadounidenses. Y la visión que tienen respecto a China oscila entre el miedo y la admiración, entre el recelo y la necesidad de negociación. El problema es que, con Trump, el pensamiento geopolítico estadounidense se ha vuelto eminentemente táctico: se prefiere la estridencia de los logros aunque sean pequeños y aunque representen costos demasiado altos (Irán, por ejemplo). Su visión es de corto plazo. En contraste, la geopolítica china es estratégica y de largo aliento. El gobierno de Xi prefiere esperar a mover precipitadamente las piezas. Aguarda el error del oponente y lo convierte en una victoria que, con poco ruido, resuena en el tiempo.
Trump se quitó el guante para saludar a Xi en la base Andrews. ¿Quién necesita más de quién en este momento? El gobierno estadounidense informó el 25 de septiembre algunos resultados del encuentro entre los dos mandatarios más poderosos del mundo. El gobierno chino dio su versión un día después. No es mucho, pero tampoco nada. Dos meses más de tregua comercial. El compromiso de dos visitas mutuas más este año en el marco de las cumbres de la APEC y el G20. El reconocimiento de la función de los mecanismos de consulta económica y comercial y de colaboración en materia antinarcóticos. El acuerdo para abrir un diálogo binacional sobre IA. La intención de mejorar la comunicación entre los ejércitos de ambos países para prevenir crisis. Y la llegada en préstamo de dos pandas gigantes a Estados Unidos. Fue una cumbre con más símbolos que sustancia. De la defensa estadounidense de Taiwán, ni una sola palabra… al menos en los comunicados oficiales. Parece que Trump busca un nuevo equilibrio sobre la alfombra roja de la cúspide del orden multipolar en ciernes.