Crónica de una crisis mundial

La generación del cambio de milenio creció escuchando y leyendo que el mundo había llegado al fin de la Historia. Que la caída del imperio soviético y sus satélites había inaugurado una nueva era en la que capitalismo, liberalismo y democracia serían las verdades omnipresentes y perpetuas. Que ya no habría revoluciones, que sólo existía un orden posible y que todo aquello que saliera de ese marco simplemente tenía que ser eliminado. Superados los totalitarismos y las grandes rebeliones del siglo XX, el mundo occidental encaraba el siglo XXI con el optimismo del progreso permanente… como si no hubiera diferencias entre estados y dentro de las propias sociedades. Pero la realidad, nuevamente, golpeó duro. Muy pronto el terrorismo islámico internacional apareció en escena para sacudir hasta las raíces del triunfante imperio liberal americano. Las desastrosas intervenciones militares estadounidenses en Irak, Afganistán, Libia y Siria, la Primavera Árabe que terminó en invierno, la crisis económica mundial de finales de la primera década de la centuria, y la emergencia de nuevos actores económicos y políticos en la escena internacional, comenzaron a pintar un nuevo panorama.

Hoy, lejos del optimismo finisecular, en un lapso de menos de dos décadas, el mundo observa el resurgimiento -con nuevos rostros y matices- del ultranacionalismo, los populismos de izquierda y derecha, el conservadurismo y, en suma, del autoritarismo como modelo de gobierno en todas latitudes. La democracia y el liberalismo son puestos a prueba de fuego, dentro y fuera de los estados que los albergan, mientras que el capitalismo ensaya y fortalece su relación con regímenes autocráticos de fachada democrática. Por si fuera poco, la pandemia de Covid-19 ha hecho temblar los cimientos del orden mundial y de la globalización neoliberal, acelerando tendencias que ya se observaban y creando otras que apenas visualizamos ahora. El mundo global se regionaliza. Las antiguas estructuras se tambalean. Los símbolos del pasado son cuestionados. La brecha social y económica se hace más grande.

Un fenómeno no tan nuevo

Pero hay algo interesante en todo este proceso de cambio que, atados como estamos al cortoplacismo, pocas veces atendemos. No es la primera vez que el discurso dominante en el mundo defiende la tesis de un orden, al fin, perpetuo, ni tampoco la primera vez que del optimismo rampante se pasa a un periodo de grandes crisis, en el sentido más amplio del término. Podríamos identificar diez etapas anteriores a la que estamos viviendo en las que se registraron transformaciones radicales luego de momentos de progreso, estabilidad y mundialización. Todas significaron, de alguna manera u otra, el fin de una era y el comienzo de otra. Hoy quiero hablar de una, la crisis del siglo III, un momento en la historia en que grandes potencias que se consideraban “eternas” y con grandes capacidades para ejercer el poder, fueron golpeadas por sismos y tormentas de distinta índole.

En el siglo III de nuestra era, una serie de acontecimientos políticos, sociales y económicos a lo largo del orbe conocido fracturaron el orden internacional que abarcaba toda la franja media del continente euroasiáticoafricano, es decir, desde la cuenca del Mediterráneo hasta Asia Oriental pasando por Oriente Medio: los tres grandes focos civilizatorios de la época que, de alguna u otra manera, se encontraban unidos por rutas comerciales marítimas y terrestres. Aunque comúnmente el concepto de crisis del siglo III se aplica sólo para los sucesos ocurridos en el Imperio romano, lo cierto es que todo el mundo civilizado experimentó sacudidas de distinta índole que transformaron profundamente a las sociedades. No cabe duda de que se vivió un cambio de época de una magnitud que no se había experimentado hasta entonces en el llamado mundo antiguo.

El orden del mundo antiguo

Así como hoy hablamos del orden mundial de finales del siglo XX y principios del XXI, es posible hablar también de un orden mundial del siglo II, con cuatro potencias indiscutibles: el Imperio romano de los Antoninos, el Imperio parto de los Arsácidas, el Imperio indio de los Kushán y el Imperio chino de los Han. En el último tercio de los años 100 de nuestra era, estos cuatro imperios abarcaban la mayor parte del mundo conocido y establecían una especie de franja de civilización continua desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, entre los paralelos 50 N y 20 N. Aunque nos gusta pensar que la globalización es un rasgo único de nuestra época, en aquellos años existía ya un proceso de mundialización, es decir, de conexión directa o indirecta, al menos entre los estados más organizados. Dicha mundialización tenía un eje, la Ruta de la Seda, una serie de caminos y rutas marítimas que permitían un nutrido intercambio comercial, religioso, cultural… y viral.

La movilidad de ejércitos y comerciantes a distancias cada vez mayores pudo haber propiciado el surgimiento de una pandemia de sarampión o viruela entre los años 165 y 180; en la historiografía occidental se la conoce como Peste Antonina, por el nombre de la dinastía gobernante en el Imperio romano, en donde millones de personas murieron. Se cree que el origen de la pandemia estuvo en Oriente Medio y que de ahí se propagó a diversas partes del mundo conocido. Si bien los estragos fueron considerables, es plausible pensar que la solidez de los gobiernos imperiales de la época permitió amortiguar el impacto y parte de sus consecuencias, pero las secuelas fueron duraderas y pudieron acelerar o crear tendencias que en el siglo III se acumularon en forma de crisis hasta configurar una fractura de magnitud internacional.

Pero algo se rompió…

La fractura del siglo III tiene distintos rostros dependiendo del origen de las fuentes y los territorios a los que se refiera. Pocas veces se aborda el fenómeno de forma conjunta e integral, pero si unimos las piezas, es posible tener una visión del rompecabezas. Los años del colapso los podríamos ubicar entre 220 y 235, pero con antecedentes y consecuencias que abarcan un período más amplio. En China, las turbulencias se manifiestan en forma de recurrentes crisis agrarias, rebeliones y guerras civiles que desembocan en la caída de imperio de los Han en el año 220 tras un período de inestabilidad de tres décadas; la dinastía había subsistido cuatro siglos y daba paso ahora a tres reinos independientes. En Partia (los actuales Irak e Irán principalmente), las guerras civiles endémicas se recrudecieron hasta que una rebelión persa acabó con la dinastía Arsácida en 224, tras casi cinco siglos de gobierno; una nueva dinastía surgiría, la de los persas sasánidas.

A inicios del siglo III la India de los Kushán comenzó una decadencia que se volvió irreversible en 225 con la división del imperio en dos; la parte occidental sería luego invadida por los persas, mientras la parte oriental experimentaría un debilitamiento del poder central.  En Roma, la estable dinastía de los Antoninos se extinguió con el desquiciado hijo de Marco Aurelio, Cómodo, cuyo gobierno caótico, aunado a una crisis económica, allanó el camino al autoritarismo encarnado por la dinastía de los Severos, cuyo período estuvo marcado por la inestabilidad política —cuatro de los cinco emperadores fueron asesinados— hasta su extinción en 235, año en el que inició una etapa de anarquía militar de medio siglo. Con todas las estructuras políticas débiles, una nueva pandemia, tal vez también de viruela o sarampión, conocida como Peste de Cipriano por el nombre de la persona que la describió, azotó al mundo entre los años 249 y 269, y los gobiernos ya no tuvieron la fortaleza de afrontarla ni amortiguar sus efectos. Las rutas comerciales se rompieron. La desconfianza imperó. Romanos y persas iniciaron una larga lista de conflictos, mientras los persas invadían India. China se sumergió en guerras intestinas.

Secuelas de una crisis mundial

En todo el mundo conocido la crisis del siglo III dejó secuelas de largo aliento. En el Imperio romano, el eje del poder se movió hacia el Oriente. La militarización de la política y la sociedad aumentó. La anarquía militar sólo fue superada por una reforma autoritaria del imperio a partir de 284, cuando Diocleciano llegó al poder. El cristianismo, religión perseguida por el Estado, se expandió dentro y fuera del imperio, mientras el paganismo profundizaba su vacuidad. En el siglo IV la capital cambiaría de Roma a Constantinopla, el imperio se cristianizaría y los paganos pasarían de perseguidores a perseguidos, mientras los “bárbaros” tocaban la puerta del imperio.

En Persia la dinastía de los sasánidas se consolidó y comenzó una expansión hacia Este y Oeste, a costa de Roma e India. El mazdeísmo resurgió como religión de Estado, y el judaísmo obtuvo protección del imperio. En India, el declive de los Kushán y la pérdida de territorios a manos de los persas desembocaría en la caída de la dinastía en el siglo IV. El budismo, promovido por el Estado, se expandiría dentro y fuera del territorio indio. Por último, en China emergió una nueva dinastía imperial, Jin, tras las guerras de los tres reinos. No obstante, el nuevo gobierno estuvo marcado por el militarismo, las rebeliones y guerras civiles, la crisis social, las invasiones nómadas y la propagación del budismo.

En suma, tras la crisis del siglo III emerge un mundo nuevo, más inestable y caótico, pero también más diverso y con poderes más autoritarios y menos sólidos. Los pueblos nómadas del norte de Eurasia comienzan su marcha hacia el sur y se aventuran a cruzar con mayor frecuencia las fronteras del mundo civilizado. El cristianismo, el mazdeísmo, el judaísmo y el budismo se consolidan como las grandes religiones del mundo. Las guerras se multiplican, las rutas comerciales se interrumpen con mayor frecuencia, la vida se precariza, la población desciende y nuevos símbolos surgen en el horizonte. El antiguo orden yace herido de muerte.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.