La primera supercarretera de la información no fue internet

Por Arturo González González

Toma tu móvil. Abre tu red social virtual favorita. Piensa: ¿a cuántas personas puedes enviarles un mensaje? ¿Cuántas de ellas podrían responderte? ¿A cuántos de esos seres humanos conoces personalmente? ¿A cuántos no, pero sabes quiénes son? Y ¿qué hay de los que no sabes quiénes son, pero, por una extraña razón, ahí están, existiendo en el mismo espacio virtual que tú? La inmediatez en la comunicación es una de las marcas de nuestro tiempo. Hoy estamos más cerca que nunca unos de otros, aunque a veces estamos emocionalmente más distantes. Internet ha “encogido” al mundo. “El planeta nunca ha sido tan pequeño como en la actualidad”. Momento. Qué extraño… esto es justo lo que Frigyes Karinthy escribió hace casi un siglo, mucho antes de internet y las redes sociales virtuales.

En 1929, año de la Gran Depresión, ese escritor húngaro publicó Cadenas, un relato breve en el que plantea que es posible contactar a cualquier habitante del mundo sin tener que recurrir a más de cinco enlaces. Es decir, con la cadena humana que se forma por el conocido de un conocido de un conocido de un conocido de mi conocido y yo, es posible tener noticia de todos los pobladores del orbe. Es la teoría de los seis grados de separación, en la que más tarde, durante los años 60, el psicólogo social Stanley Milgram basó su experimento del mundo pequeño para estudiar las redes sociales reales en Estados Unidos. El concepto también inspiró al dramaturgo John Guare para escribir la obra de teatro titulada, precisamente, Seis grados de separación.

En 2003, el sociólogo Duncan J. Watts profundizó la teoría en su libro Seis grados: la ciencia de una edad conectada. No obstante, seis años antes, el empresario tecnológico Andrew Weinreich fue pionero al crear Six Degrees, la primera red social virtual de la historia. El mundo había dado el gran salto hacia “la pequeñez y cercanía”. Hoy podemos asegurar que esos seis grados se han recortado a tres, incluso a dos. Si tú le envías un mensaje a través de las redes a cualquier personalidad mundial de la política, el deporte, la cultura o el espectáculo, no es imposible que te responda. En su defecto, muy probablemente puedas hablar con alguien que haya tenido comunicación directa con alguna de esas personalidades. Pero aquí viene lo verdaderamente interesante: la idea de una civilización conectada con rapidez tiene, por lo menos, dos milenios y medio. ¿No me crees?

Viajemos a la Persia del año 521 a. C. Darío acaba de ascender al trono después de sofocar las rebeliones de usurpadores y separatistas. Es el monarca indiscutible del imperio más grande que jamás se ha creado. Una inmensa obra política y militar que inició su abuelo Ciro II, continuó su tío Cambises II y su padre Esmerdis, y que ahora toca a él completar como parte de la dinastía aqueménida. Al momento de su coronación de Pasargada, una de las capitales del Imperio persa, Darío se enfrenta al desafío de mantener unido un territorio de proporciones inmensas, habitado por pueblos de lenguas y culturas distintas. Se trata de una superficie de 5 millones de km2 (más de dos veces México) que abarca desde Anatolia (hoy Turquía) hasta el valle del Indo, y desde Asia Central hasta Egipto. Más de 40 millones de personas son súbditas del “rey de reyes”. Cifras sin precedentes para una misma entidad política.

Con la idea de la unidad en mente, Darío emprende una serie de reformas políticas, administrativas y económicas para dar orden y cohesión al imperio. Si su abuelo fue el gran forjador de Persia, él va a ser el gran organizador del dominio aqueménida. Entre las reformas, obras y programas está la construcción de una red de carreteras para conectar las veinte satrapías (provincias) del imperio. Entre ellas destaca la Gran Calzada Real que une a Susa, otra de las capitales imperiales, en Elam (al suroeste del actual Irán), con Sardes, en Lidia (al oeste de Anatolia). La infraestructura de la calzada permite un viaje cómodo y rápido (para los parámetros de la época), con casas de posta cada 25 kilómetros aproximadamente para renovar las monturas, de tal forma que un jinete pueda recorrer los 2,700 kilómetros entre Susa y Sardes en apenas siete días, cuando una caravana tarda hasta tres meses. Para quienes la recorren a pie, existen 111 posadas a lo largo de la ruta para pernoctar y comer antes de reanudar el camino.

El objetivo de la red de carreteras persas no es sólo facilitar la movilidad del ejército para sofocar a una mayor velocidad las sublevaciones, sino también acelerar y fortalecer la comunicación entre los sátrapas y el rey. De esta manera, y siguiendo el plan ya esbozado por su abuelo Ciro II, Darío crea el primer servicio postal formal de la historia; pero no lo hace de la nada, sino que retoma ideas que ya habían explorado los asirios dos siglos atrás y las perfecciona. A lomos de corceles, con una rapidez no vista antes, los correos imperiales llevan y traen mensajes vitales para la estabilidad y seguridad de Persia. “Nada detiene a estos correos impidiéndoles cubrir sus etapas en el menor tiempo posible: ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad”, dice Heródoto en sus Historias.

La primera supercarretera de la información no es internet, por mucho que nos guste presumir; es el complejo de calzadas y servicio postal del Imperio persa, cuya corte se movía también por varias capitales en busca de mejores climas y ubicaciones estratégicas, por lo que debía mantenerse siempre bien comunicada y al día con las noticias. Esta innovación será adoptada por Alejandro III de Macedonia tras su guerra de conquista en Asia, así como por sus sucesores, los reyes helenísticos que dominaron Oriente Medio durante dos siglos hasta la irrupción de los romanos, quienes harían de las calzadas mejoradas y el correo las arterias y la sangre de su imperio.

Pero Darío no se conforma con su eficiente servicio postal. Necesita más rapidez en sus mensajes en caso de emergencias como invasiones o revueltas. Nuevamente aprende de los pueblos conquistados, recoge ideas de reinos anteriores, y desarrolla un sistema de telecomunicación óptico. Se trata de una cadena de torres situadas en montañas o promontorios en donde se encienden fuegos para ser utilizados por mensajeros que se valen de objetos para ocultar y descubrir la luz en una secuencia de claves en forma de código que sólo los oficiales imperiales pueden interpretar. Este sistema de telecomunicación estuvo vigente en Persia hasta la llegada del telégrafo eléctrico en el siglo XIX.

Y es justamente ese mundo del telégrafo, el teléfono y la radio, a caballo entre los siglos XIX y XX, en el que Frigyes Karinthy concibe la idea de los seis grados de separación. Si lo pensamos bien, hasta la llegada de estas tecnologías de cables y ondas electromagnéticas, las comunicaciones se siguieron moviendo casi como en tiempos de los persas durante 24 siglos. En su relato, Karinthy habla de contactar, como parte de un experimento social, a Selma Lagerlöf, la Premio Nobel de Literatura de 1909, y primera mujer en obtener el galardón. Es curioso porque ese mismo año el Nobel de física lo ganaron Guillermo Marconi y Karl Ferdinand Braun por sus “contribuciones al desarrollo de la telegrafía sin hilos”, según la Real Academia de las Ciencias de Suecia. El concepto de radio aún no se usaba, por eso se menciona “telegrafía sin hilos”. Con ondas electromagnéticas, Marconi y Braun emularon lo que Darío hizo con su sistema de torres y fuegos.

Las calzadas, el servicio postal y el sistema de telecomunicación óptico era fundamental para la supervivencia y estabilidad del Imperio persa. Por ello, Darío y sus sucesores lo mantuvieron bajo el estricto control y vigilancia del ejército. Era, como lo llamamos ahora, un sector estratégico. La intervención del gobierno en las infraestructuras de comunicaciones no es algo nuevo. Y es importante saberlo hoy que el mundo se adentra en una renovada competencia entre potencias que miran cada vez con más recelo el desarrollo de tecnologías de la información por parte de compañías privadas o empresas estatales del país rival. La disputa en este terreno entre China y Estados Unidos tiene lejanos antecedentes. Y en medio estamos nosotros, alimentando las bases de datos de las plataformas con nuestros mensajes instantáneos a través del móvil o el ordenador, eliminando distancias y grados de separación, empequeñeciendo el mundo… pero también, muchas veces, nuestra libertad.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.