T-MEC 2.0: negociar con una granada en la mesa

Por Arturo González González

Históricamente las sociedades sólo han explorado dos formas de obtener la riqueza que no poseen o producen por sí mismas: comerciar o guerrear. Aunque hay quienes sugieren una dicotomía insalvable entre ambas –o compras o arrebatas–, lo cierto es que, muchas más de las veces que creemos, han ido de la mano. Los primeros rastros de la mezcla de comercio y coerción en el mundo moderno los podemos encontrar en el siglo XV, cuando las carabelas portuguesas abrieron nuevas rutas de navegación hacia el océano Índico rodeando África. En ese entonces Asia meridional y oriental eran el pivote económico del mundo con un sistema comercial cuyas ramificaciones alcanzaban parte de Europa. 

Ben Wilson, en su libro Metrópolis (2022), cuenta que cuando Vasco da Gama desembarcó en la próspera ciudad comercial de Calicut (hoy Kozhikode, India), quiso hacer regalos al rey del lugar, pero fue rechazado porque lo que llevaba poco o nada valía frente a la enormes riquezas que convergían en el puerto indio desde casi todo el mundo conocido. Luego intentó vender sus mercancías a los comerciantes musulmanes de Calicut, pero tuvo la misma mala suerte: nadie quería sus baratijas. Cuando los enviados del soberano de Calicut le cobraron los impuestos por uso del puerto, no tenía para pagar. Así que zarpó furtivo no sin antes haber secuestrado a seis comerciantes hindúes. Ante tal agresión, la flota del rey intentó frenarlo, pero la artillería portuguesa se impuso fácilmente y sentó un precedente para nuevas expediciones. 

En 1500, una flota comandada por Pedro Alvares Cabral bombardeó Calicut y la sometió al control de Lisboa. Los portugueses se jactaron de haber causado una masacre. “A partir de ese momento, el océano Índico fue testigo de una oleada tras otra de barcos enviados desde Lisboa” (Wilson). Los lusitanos impusieron a cañonazos sus condiciones de comercio y navegación en Asia meridional, lo que les permitió asaltar la rica y estratégica Malaca, “el punto radial de una red comercial que fluía desde China y Japón, las islas de las Especias y Java, Tailandia y Birmania, la India y Ceilán, África, Europa y el Golfo Pérsico” (Wilson). 

Este sistema comercial mundial que había prevalecido durante siglos fue dislocado por la fuerza por los europeos. Primero los portugueses, luego los castellanos y más tarde los neerlandeses, construyeron, a través de la coerción y el comercio, los primeros imperios globales que transformaron el orden económico del mundo y movieron el eje de gravedad del Índico y el Pacífico asiático al Atlántico. La milenaria Ruta de la Seda continental entró en decadencia a la par de que la Ruta de las Especias marítima cayó en manos de los europeos, que construyeron el primer sistema comercial global que incluía también América. 

Los neerlandeses se tomaron muy en serio su lema de “no se puede comerciar sin hacer la guerra, ni hacer la guerra sin comerciar”, y crearon la primera compañía estatutaria por acciones dedicada a la coerción y el comercio, con patente de violencia: la Compañía Unida de las Indias Orientales (VOC, por sus siglas en neerlandés). Lo mismo firmaban tratados comerciales que hacían la guerra y fundaban colonias. Más tarde los ingleses tomarían el testigo con la Compañía de las Indias Orientales (EIC, por sus siglas en inglés), que siguió los pasos de la VOC, hasta que la monarquía británica asumió el monopolio del uso de la fuerza. Las empresas al comercio y la industria, y el Imperio a la guerra. Así, entrado el siglo XIX, ya con las facultades de ejercicio de violencia asumidas por el Estado, los británicos hicieron la guerra a China para obligarla a comprar opio y acabar con el superávit comercial que tenían respecto al Imperio británico. 

Los estadounidenses, ya en el siglo XX, con muchas más capacidades que sus antecesores, y una retórica que disfrazaba sus cruzadas, cogieron la estafeta del comercio más coerción para construir un orden económico global con el Atlántico Norte en el centro y unas reglas mundiales dictadas desde Washington. Ese famoso “orden liberal basado en reglas” parecía funcionar a finales del siglo XX, tanto que hubo quienes creyeron que de entonces en adelante se podría comerciar sin casi tener que hacer uso de la fuerza. La idea de la oposición entre comercio y coerción se instaló en los ideólogos de la globalización, por más que la realidad indicaba que el matrimonio se mantenía, aunque disfrazado de lucha por la libertad, la democracia y los Derechos Humanos. Hasta que algo cambió. 

A comienzos del siglo XXI el centro de gravedad de la economía mundial comenzó su viaje de regreso a Asia. Hoy, el Indo-Pacífico, con China e India a la cabeza, vuelve a ser la región más productiva del mundo. Y es justo en este momento que Estados Unidos, con Donald Trump al mando, retoma no sólo las viejas doctrinas imperialistas de su país –Monroe y Destino Manifiesto–, sino también las aún más viejas prácticas del binomio comercio-coerción, usado por los europeos en los albores de la modernidad para romper por la fuerza el orden económico centrado en Asia. La sospecha de los ideólogos que acompañan a Trump es que el orden global que Estados Unidos creó, permitió que China se enriqueciera silenciosamente y de forma generalmente pacífica, al grado de llegar a rivalizar en todo con la gran potencia americana. Y si el orden global es el culpable, entonces hay que acabar con él. Es justo lo que la Casa Blanca está haciendo, usando nuevamente la fórmula de comercio más coerción. 

De las ruinas del viejo orden emerge uno nuevo cuya forma apenas comenzamos a ver. El Boston Consulting Group (BCG) sugiere que, desaparecido el “orden global liberal basado en reglas”, lo que se está configurando es una estructura de comercio multimodal en mosaico o a retazos (Multinode Trade Patchwork), con cuatro nodos principales. Estados Unidos comerciará de forma bilateral bajo la regla de “primero lo que me conviene”, que, hay que decirlo, significa, “lo que conviene a mis élites”, sin disfraces democráticos ni retóricas liberales, y con la posibilidad del uso de la fuerza incluida. China, con la bandera de la “prosperidad compartida” y la idea de erigirse como la alternativa a Estados Unidos, seguirá buscando conectar su capacidad productiva con nuevos mercados y, como lo anunció en Davos, las fábricas de sus socios con su propio mercado. Luego viene un grupo de países desarrollados y emergentes –entre ellos México–, considerados plurilateralistas, quienes intentarán seguir usando las normas comerciales internacionales y multilaterales, incluso con concesiones relativas o puntuales de su soberanía. Y, por último, está el grupo ampliado de los BRICS (sin China), quienes mantendrán cierta apertura comercial, pero con el celo del soberanismo como restricción. El BCG prevé que en los próximos diez años el mayor incremento en el comercio se dé entre China y los BRICS+, mientras que la mayor caída ocurrirá entre Estados Unidos y China. 

Con todo, no podemos obviar que dentro de este sistema multinodal en mosaico también se afianzan, no sin vicisitudes, bloques regionales económicos, de los cuales los más importantes son, en ese orden, Asia-Pacífico, América del Norte y la Europa comunitaria. Es en este contexto que debemos ubicar la renegociación del T-MEC que está en marcha. El TLCAN de 1992 fue un acuerdo para un orden hiperglobal. El T-MEC 1.0 de 2018 fue un acuerdo para un mundo en transición. El T-MEC 2.0 de 2026 será, muy probablemente, un acuerdo para un orden regionalizado y multinodal. Y a México le toca negociar ahora con un Estados Unidos que ha vuelto a abrazar la fórmula del comercio y la coerción, que es lo mismo que sentarte frente a un socio que pone la granada en la mesa. Si la usan, ellos también saldrán dañados, dado el nivel de interdependencia que existe entre nuestros dos países.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.