Trampa y duelo por el corazón del mundo

Por Arturo González González

Había una vez un hombre muy rico y poderoso que anhelaba adquirir más riqueza y prestigio con una hazaña militar que consideraba relativamente fácil: conquistar la tierra de los pueblos iranios. Se enfrascó en dicha campaña pese a la oposición de muchos políticos de su país, que consideraban la guerra como ilegal y contraproducente. Al final, la “victoria rápida” que esperaba se convirtió en un desastre. La narración podría quedarle a uno que otro personaje actual, pero el protagonista de la historia es el triunviro Marco Licinio Craso, quien además de perder la guerra frente a los partos, perdió la vida en la Batalla de Carras en el año 53 a. C. Y la derrota ocurrió con todo y la superioridad numérica de 4 a 1 que tenía sobre su oponente. Aunque es prácticamente imposible que el magnate y político romano conociera el texto, le hubiera servido leer El arte de la guerra de Sun Tzu, escrito en China unos cinco siglos antes, que dice: “el estratega victorioso vence primero y después lucha, el estratega fracasado primero lucha y después busca la victoria”.

Craso fue a la guerra sin haber vencido, hinchado del exceso de confianza que le daban el poderío de la maquinaria militar romana, el control sobre la estratégica región de Siria y la aparente debilidad de los partos. Otros romanos intentaron durante los siete siglos posteriores a Carras conquistar la tierra de los iranios. Salvo algunos triunfos parciales y ocupaciones efímeras, no lo consiguieron. Hoy, dos milenios después del error de Craso, una nueva fuerza occidental intenta doblegar a Irán en condiciones de superioridad mejores a las que tuvieron los romanos. El conflicto actual, si bien tiene sus características regionales particulares, se inscribe en una disputa mayor protagonizada por las dos superpotencias de nuestra época: China y Estados Unidos.

Las fuerzas armadas estadounidenses e israelíes tratan de someter a Irán desde hace dos semanas, sin éxito hasta ahora. Irán resiste con una guerra asimétrica que compromete el abasto de hidrocarburos, fertilizantes, chips, minerales críticos y hasta el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Washington y Tel Aviv cometieron un error de cálculo: creyeron que asesinando a la cúpula iraní, encabezada por el líder supremo Alí Jameneí, el gobierno de los ayatolás se derrumbaría. Pero el derrumbe no ha llegado. Al contrario, el régimen se regenera y responde a los ataques en una guerra regional que se internacionaliza. Mientras tanto, Israel prosigue su impronta sionista de imperialismo territorial y se adentra en el Líbano, a la par de que mantiene su acoso a Palestina en Gaza y Cisjordania.

Pero si alejamos poco a poco el enfoque de Oriente Medio, encontramos un marco global de conflictos, tensiones y reacomodos. La guerra entre Rusia y Ucrania camina sobre el sendero del quinto año. Pakistán y Afganistán libran una guerra que escapa a los reflectores. La tensión en el Estrecho de Taiwán y la Península de Corea persiste, mientras las fricciones entre China y Japón crecen. En por lo menos tres regiones de África se desarrollan conflictos en los que las diferencias étnicas ocultan los intereses de gobiernos de dentro y fuera del continente sobre los abundantes recursos estratégicos del territorio africano. En América, Estados Unidos desempolva las doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto para reclamar la propiedad exclusiva del hemisferio. Y lo hace alineando, presionando y/o amenazando a los países de América Latina y el Caribe para que acepten el nuevo despliegue del dominio estadounidense, y corten la influencia china en la región.

Para comprender el complejo cuadro descrito, te propongo leerlo desde tres perspectivas analíticas: una geopolítica, la del heartland; otra histórica, la “trampa de Tucídides”, y una más de los sistemas-mundo. No son enfoques excluyentes, sino complementarios. Juntos nos ayudan a observar mejor el bosque.

Del heartland al rimland

El geógrafo británico Halford John Mackinder concibió la teoría del heartland, el “corazón del mundo” o área pivote, para destacar la importancia de una región en particular dentro de la isla mundial. El corazón del mundo abarca desde Europa Oriental hasta la estepa siberiana, pasando por Asia Central. Mackinder elaboró una fórmula geopolítica que guiaría a varios gobiernos durante el siglo XX: “quien controla la Europa del Este domina el heartland; quien controla el heartland domina la isla mundial; quien domina la isla mundial domina el mundo”. Bajo esta fórmula podríamos comprender la importancia de la guerra en Ucrania, el impulso de Occidente de empujar sus fronteras hacia Europa Oriental, con la OTAN y la Unión Europea, y la obsesión de Rusia con evitar el control occidental de la región actualmente en conflicto. No obstante, existe otra manera de ver las cosas.

Casi tan vieja como la geopolítica es la idea de entender a Asia, África y Europa como parte de un mismo supercontinente, al cual se define como la “isla mundial”. Es en ese territorio de 85.2 millones de kilómetros cuadrados en donde ha ocurrido la mayor parte de los hitos de la evolución humana y la civilización. Desde siempre ha sido el espacio más poblado y con más recursos del mundo. Hoy alberga a tres cuartas partes de los habitantes humanos del planeta. Pero dentro de la isla mundial hay unas regiones más importantes que otras. Desde una perspectiva económica, el protagonismo de Asia es evidente. Salvo algunos períodos –los primeros tres siglos de la era cristiana y los siglos XIX y XX–, el centro de gravedad de la economía recayó en suelo asiático, como ocurre en el siglo XXI.

El estadounidense Nicholas Spykman continuó el pensamiento geoestratégico de Mackinder, pero aportó una mirada diferente. Aunque Spykman reconocía que el mundo tenía un corazón, creía que era más importante cercarlo que controlarlo. Y para cercarlo el dominio debía ejercerse en el territorio que rodea al heartland, es decir, la cuenca del Mediterráneo, Oriente Medio y Asia Meridional. A esta zona marginal la llamó rimland, y elaboró su propia fórmula geopolítica: “quien controla el rimland domina Eurasia; quien domina Eurasia controla los destinos del mundo”. La obsesión de Estados Unidos con frenar a la URSS en Europa y con controlar Oriente Medio puede analizarse desde la teoría del rimland. Irán, actualmente, es un país desafiante para Estados Unidos y Occidente dentro del creciente marginal que rodea al heartland.

Pero ni la fórmula de Mackinder ni la de Spykman deben ser leídas desde el determinismo; sólo son guías que orientan la política exterior de los gobiernos de potencias que aspiran a afianzar su rol protagónico en el mundo.

China no ha dado indicios de querer ejercer un dominio político directo ni del heartland ni el rimland. Más bien ha buscado construir una gobernanza basada en el desarrollo común y la arquitectura institucional. Pekín impulsa la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un proyecto económico y de infraestructuras que conecta el heartland a través del continente y el rimland vía marítima. Evoca a la antigua Ruta de la Seda, creada alrededor de los tiempos del fracaso militar de Craso, y la no tan antigua Ruta de las Especias, consolidada en la época de la irrupción del Islam. A la Franja y la Ruta se han adherido 140 países, principalmente de Asia, África y Europa. La integración de estados latinoamericanos provoca el recelo de Washington.

Pero China también es el eje de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un organismo intergubernamental que tiene como objetivo “fortalecer la confianza mutua, la amistad y la buena vecindad; promover la interacción multilateral para mantener y garantizar la paz, la seguridad y la estabilidad en la región; abordar conjuntamente los nuevos retos y amenazas; fomentar una cooperación eficaz y mutuamente beneficiosa en diversos ámbitos, y promover el crecimiento económico y el desarrollo social y cultural”. Aunque ha sido considerada “la OTAN de Oriente”, la OCS no es una alianza militar, sino una institución de gobernanza euroasiática que incorpora a diez países ubicados en el heartland y el rimland: China, Rusia, Bielorrusia, India, Pakistán, Irán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Juntos representan 44 % de la población mundial, 25 % de las tierras emergidas del planeta, 25 % del PIB mundial y 15 % del comercio global.

Mientras Estados Unidos y algunos de sus aliados buscan imponer militarmente un predominio occidental sobre el corazón de la tierra y su borde, China ensaya una primacía basada en la creación de nuevas instituciones de gobernanza que vienen a complementar o fortalecer el papel de la ONU.

Rumbo a la trampa de Tucídides

De la geopolítica pasemos a la historia. El politólogo estadounidense Graham T. Allison concibió hace unos 15 años el concepto “trampa de Tucídides” para plantear un marco histórico del devenir de la relación entre Estados Unidos y China. Allison extrajo una conclusión de la lectura de la obra de Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, principalmente de una frase: “tengo para mí que la causa principal y más verdadera (de la guerra), fue el temor que los lacedemonios (espartanos) tuvieron de los atenienses, viéndolos tan pujantes y poderosos en tan breve tiempo”. La trampa, en palabras de Allison, se define como “la desorganización natural e inevitable que se produce cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante… (y) cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, la tensión estructural resultante convierte el choque violento en la norma, no en la excepción”.

La historia nos ofrece una pléyade de ejemplos de rivalidades sistémicas que terminaron en conflictos directos o indirectos: Persia vs. Grecia. Roma vs. Cartago. Roma vs. Partia. Roma vs. Persia. Venecia vs. Génova. España vs. Países Bajos. España vs. Inglaterra. Gran Bretaña vs. Países Bajos. Reino Unido vs. Francia. Reino Unido vs. Alemania. Japón vs. China. Estados Unidos vs. Unión Soviética.

El concepto es aplicable tanto para contextos globales como regionales. Por ejemplo, en el caso de la guerra en Oriente Medio, la rivalidad ocurre entre Israel, una potencia que aspira a controlar toda la región, e Irán, que se levanta como el principal obstáculo para el agresivo sionismo de Tel Aviv, a la par de que busca consolidar una hegemonía regional. No obstante, en un plano más profundo la rivalidad sistémica es entre Estados Unidos y China. La potencia americana percibe al gigante asiático como la principal amenaza a su predominio mundial, mientras que Pekín ve a Washington como un hegemón en declive que, en su desesperación, recurre cada vez más a medidas coercitivas y violentas, incluso en contra del “orden liberal basado en reglas” que él mismo impuso tras la Segunda Guerra Mundial.

¿Significa la trampa de Tucídides que Estados Unidos y China están destinados a enfrentarse directamente en una guerra existencial de consecuencias catastróficas? No necesariamente. La presencia de armas nucleares fue uno de los principales disuasores durante la Guerra Fría para que Washington y Moscú evitaran el choque frontal. Pero los conflictos indirectos fueron lo suficientemente fuertes para provocar graves daños humanos y materiales en casi todos los continentes. Recientemente la incorporación de la inteligencia artificial a la ecuación militar en un mundo en el que los controles de armas nucleares han desaparecido, vuelve a elevar el riesgo de una conflagración de magnitudes apocalípticas.

Me queda claro que, por el momento, China es la potencia menos interesada en un conflicto con Estados Unidos. Y si bien este país ve amenazada su posición de privilegio, lo que lo lleva a adoptar una postura más agresiva, aún no plantea el choque con China como inevitable. Que las dos superpotencias no vayan a una guerra directa dependerá de la capacidad de gestión de sus líderes y del margen de maniobra que observen para operar sin sentir que han llegado a un callejón sin salida o, mejor dicho, a la trampa de Tucídides.

Imperio global o sociedad mundial

Desde la perspectiva de los sistemas-mundo es evidente que nos encontramos en la etapa de caos de la crisis de la hegemonía estadounidense. Se trata de un período que hace eco de la descomposición global experimentada entre 1914 y 1945 debido a la caída de la hegemonía británica. La observación crítica del proceso histórico moderno –desde 1500 a la fecha–, dentro de un mundo entendido como un sistema, permite establecer un patrón que

podemos definir de la siguiente manera: de un periodo de caos sistémico surge una hegemonía que organiza el mundo a su imagen y semejanza, hasta que, después de su clímax, comienza su agotamiento, lo que abre un nuevo período de crisis del que surgirá una nueva hegemonía. Así ha sido en los últimos cinco siglos. Giovanni Arrighi, uno de los principales teóricos de los sistemas-mundo, plantea que el ciclo histórico del capitalismo moderno centrado en el Atlántico Norte ha llegado a su fin, debido al retorno de Asia como centro de gravedad de la economía mundial, por lo que se abre la posibilidad de un nuevo mundo en el que se observan tres rutas posibles.

La primera es la creación de un imperio global estadounidense basado en el cobro de una renta por protección bajo la doctrina de la dominación sin hegemonía. No es difícil ver en las acciones del gobierno de Donald Trump (aranceles, extraterritorialidad de la ley, ataques militares y economía de guerra) las andanzas hacia ese camino. La segunda ruta es la construcción de una sociedad de mercado mundial que se apoyaría en el poder de mercado, infraestructura, crédito, y una arquitectura tecnológica-productiva con centro en China y Asia Oriental, no basada en el capitalismo privado de corte occidental ni en la superioridad militar. Las nuevas estructuras de gobernanza y desarrollo que Pekín propone apuntan hacia ese objetivo.

Pero ambas visiones entran en choque. Estados Unidos quiere que China acepte su primacía como imperio global coercitivo, mientras que Pekín pretende que Washington encuentre un lugar no central en la sociedad de mercado mundial. La contradicción abre la tercera ruta posible: la prolongación de un caos global por la resistencia violenta de Estados Unidos a la pérdida de centralidad. Es en este escenario en el que la trampa de Tucídides se asoma con mayor fuerza.

No obstante, parece que China está decidida a mantener su visión estratégica proactiva de largo plazo y esperar a que las contradicciones internas y externas terminen por dislocar el poder de unos Estados Unidos anclados en una mirada táctica reactiva de corto plazo. Bajo esta lógica es plausible pensar que Pekín no va a entrar a defender militarmente a Irán, lo que la llevaría a enfrentarse con Washington, y que prefiere la vía diplomática del rechazo a la acción militar unilateral mientras mira cómo cae el prestigio del titán americano. Los puntos que Donald Trump le resta a su país como potencia confiable, son los que Xi Jinping puede sumar al suyo. Al final, como dice Sun Tzu, “nuestra derrota depende de nosotros, nuestra victoria depende del enemigo”. Y esto parecen entenderlo muy bien hoy en Pekín.

La derrota de Craso frente a los iranios resuena después de más de dos milenios con tres anécdotas que me intrigan por lo que sugieren. Cuentan que cuando los romanos fueron derrotados por las tropas partas de Surena en Carras, Craso, malherido, cayó prisionero. Los partos, que sabían de su fama de codicioso, le vertieron oro fundido en la garganta. Su cabeza acabó exhibida en una representación teatral en la corte de Orodes, rey de los partos. Las tropas romanas que le sobrevivieron fueron capturadas. Se cree que los soldados de Craso fueron los primeros ciudadanos de Roma que conocieron la deslumbrante seda, tela con la que estaban confeccionados los estandartes de las tropas partas. La seda, desconocida en Occidente, se fabricaba en la lejana China, y era transportada en caravanas hacia Oriente Medio a través de la Ruta de la Seda.

Existen indicios de que una parte de las legiones romanas capturadas fueron enviadas al límite oriental del Imperio parto, en Asia Central, para pelear contra los ancestros de los hunos, quienes habrían apresado a cientos de los veteranos del ejército de Craso. Crónicas antiguas chinas hablan de la presencia de soldados de características occidentales en las batallas que el ejército chino libró contra los ancestros de los hunos. Vencidos estos, los romanos cayeron una vez más en cautiverio y terminaron sirviendo al emperador de China en un enclave conocido como Li Jien, justamente el término que los chinos usaban para referirse al Imperio romano. Si hay una moraleja en esta historia, bien podría ser la siguiente: el líder de un ejército que soñó con conquistar tierras iranias terminó ahogado en su ambición y parte de su tropa, engullida por la inmensidad de Asia, sirviendo a las órdenes del imperio más poderoso del Lejano Oriente.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.