Por Arturo González González
Por las paredes del mundo resbalan los días postreros de 2025. ¿Ya nos dimos cuenta de que se va el último año del primer cuarto del siglo XXI? Está por entrar en la segunda juventud el siglo que nació con los peores atentados terroristas en suelo estadounidense y la consecuente invasión de Afganistán, la Segunda Intifada palestina contra la ocupación israelí, los movimientos antiglobalización y altermundistas, la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái, la protestas masivas en Argentina y el primer gobierno de alternancia en siete décadas en México.
Si observamos bien los acontecimientos del último decenio, nos daremos cuenta de que estamos en medio de una tormenta de la que, muy probablemente, 2025 es apenas el vórtice, el centro de un ciclón que podría durar todavía varios años más. ¿Qué tanto más? No lo sabemos. Del turbulento cambio de época que atravesamos sólo podemos hallar parangones en los huracanes históricos que azotaron el mundo entre 1914 y 1945 y entre 1783 y 1814. Es difícil historiar acontecimientos tan recientes. Siempre es necesaria la perspectiva que regala el tiempo. Pero son tantos y tan profundos los hechos y procesos que se vienen sucediendo desde la década pasada, que es imposible negar que estamos en un momento de transición entre dos épocas. Más allá de lo simbólico, lo ocurrido en 2025 ofrece una mirada clara de la bisagra histórica en la que transitamos.
La globalización se regionaliza… y se tensa
Si el inicio del primer mandato de Donald Trump en 2017 marcó el comienzo del desmantelamiento de la hiperglobalización económica, el arranque de su segunda administración en 2025 ha puesto los últimos clavos en el ataúd. El 2 de abril, llamado “día de la liberación”, ya tiene su lugar en la historia como la fecha en la que Estados Unidos retrocedió en el calendario a la década de 1930 con los aranceles más altos desde entonces. Lo que antes era apenas una sugerencia, hoy es evidente: la fragmentación comercial mundial se ha instalado oficialmente. La lógica de regiones económicas se asoma como la nueva realidad por lo menos para el resto de la década y el comienzo de la que sigue. Los bloques económicos dominantes y en competencia son Asia-Pacífico, Norteamérica y Europa. Pero, ojo, no se trata de bloques cerrados ni estables. Hay interacción entre ellos y tensiones geopolíticas y geoeconómicas dentro de cada uno.
Aunque a la baja, en 2025 China mantuvo el intercambio comercial con Norteamérica a pesar de los aranceles de Estados Unidos. México, para alinearse con Washington, ha seguido la ruta proteccionista hacia Pekín y Asia. No obstante, las tensiones entre los tres países del T-MEC han sido la constante desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca por múltiples razones: seguridad, migración, narcotráfico y balanza comercial, así como las ambiciones árticas y la nueva proyección de fuerza hacia el sur del gigante americano. Con todo, 2025 ha sido el año en el que México se ha erigido como el socio global más importante de Estados Unidos: nadie le vende y le compra más a ese país que el nuestro. Canadá, por su parte, puso fin al ciclo de diez años de Justin Trudeau, quien fue reemplazado en el poder por Mark Carney.
En la región Asia-Pacífico, donde opera la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), que es la más productiva del mundo, las fricciones diplomáticas entre China y sus socios Japón y Filipinas complican la relación comercial, mientras el gigante asiático intenta hacer frente a la andanada arancelaria y a la desaceleración del crecimiento de su economía, motor industrial del orbe. El principal foco de discordia en la región está en Taiwán, centro neurálgico de la industria tecnológica mundial, sobre el que Pekín en 2025 ha sido más que claro: la isla pertenece a China y la reunificación plena es cuestión de tiempo. La llegada al poder en Japón de un perfil nacionalista como Sanae Takaichi, ha tensado aún más la relación con China. El segundo foco de estrés geopolítico está en la península de Corea, con un Pyongyang cada vez más sintonizado con Pekín y Moscú y un Seúl cada vez más alineado con Washington y Tokio.
Por su parte, la Unión Europea, el tercer bloque económico, se ha sumido en un extravío existencial: desde adentro crecen las fuerzas políticas euro-escépticas y antiliberales, mientras desde afuera se reproducen los desafíos. Rusia en el Este es vista desde Bruselas como una amenaza militar; Estados Unidos en el Oeste, como un aliado cada vez más distante y a la vez un reto económico y político, y China en el lejano Oriente, como un socio-competidor estratégico. Y en lo que define su papel en el nuevo (des)orden, la Unión Europea en 2025 ha entrado oficialmente en estado de oxímoron: intentar independizar su política exterior y de defensa de los Estados Unidos… haciendo justo lo que Estados Unidos le exige, a saber, subir el gasto militar y comprarle más armas a Washington. Entre los pies de los caballos guerreristas europeos está el Estado de bienestar, de cuya ruptura sacan raja los grupos extremistas de derecha.
La multipolaridad instalada… y calada
En 2025 la multipolaridad dejó de ser una hipótesis para convertirse en la nueva realpolitik. El unipolarismo disfrazado de multilateralismo liberal de la era de la hegemonía estadounidense ha retrocedido frente al unilateralismo agresivo de las grandes potencias disfrazado de multipolarismo de equilibrio de una época de competencia por dominio sin hegemonía. ¿Qué quiero decir? Que este año nos ha quitado la venda de los ojos: caminamos hacia una nueva era de revisionismo imperialista. Estados Unidos reclama por la fuerza el control de América Latina y el Caribe en una actualización de la Doctrina Monroe, así como Rusia ensaya su expansionismo con el espacio que considera parte del mundo ruso bajo la doctrina euroasianista de Aleksandr Dugin. Todo matiz guardado, Pekín hace lo propio con Taiwán bajo el principio de una sola China. Y las potencias regionales siguen el mismo camino: Turquía avanza en su posicionamiento geoestratégico bajo el neotomanismo e Israel barre con el pueblo y el territorio palestino dentro del sionismo amparado por Washington. Mientras tanto, el Círculo Polar Ártico se abre como la última frontera en disputa.
La nueva alineación estratégica de un mundo dividido ha cobrado forma en 2025. Occidente se reagrupa en torno a una OTAN más sometida a los intereses de Estados Unidos, mientras Oriente y el Sur global impulsan estructuras y ententes alternativas como los BRICS y la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS), como quedó constancia en la cumbre de Pekín de agosto-septiembre. La ONU llegó a sus 80 años inmersa en una crisis de credibilidad y legitimidad con la impronta ineludible de reformarse o caer en la completa intrascendencia.
El año que agoniza también ha dado testimonio del militarismo creciente en medio de la reactivación de viejos conflictos y la proliferación de nuevos enfrentamientos. Las paces que vende el presidente Trump como logros suyos, no son tales. Son principios de negociación con un trasfondo neoimperialista. El ejemplo más claro es Gaza, en donde Israel continúa con la limpieza étnica para hacerse con el control total del territorio y obtener los beneficios económicos de una nueva hegemonía regional. Como hace poco más de un siglo, lo que está en juego hoy es el acceso a recursos estratégicos, corredores críticos y mercados de consumo. La paz es lo menos importante para quienes impulsan las treguas de reagrupamiento.
En este sentido, las zonas críticas en 2025 fueron Oriente Medio, con un Irán replegado pero alistándose para el contraataque, un Israel engallado y una Siria que se reconfigura bajo un nuevo régimen liderado por un “exterrorista” respaldado por Washington; la región del Sahel en África, en donde la descolonización continúa en medio del terrorismo, las guerras civiles y el afianzamiento de nuevos actores globales como Rusia y China; Europa del Este, en la que se libra ya una guerra mundial focalizada con la participación directa o indirecta de países de distintos continentes; Mar de China meridional, sobre el cual Pekín se mantiene vigilante y cada vez más influyente, y el Caribe, en donde Estados Unidos despliega su armada so pretexto de combatir el narco.
Populismo desde arriba, descontento desde abajo
Otros dos fenómenos se clarificaron en 2025. Por un lado, el populismo autoritario, ya sea de derecha o izquierda, gana terreno en los países frente a una democracia liberal disfuncional. Incluso en Norteamérica y Europa Occidental, otrora paladines de las libertades democráticas, los regímenes verticales, nacionalistas e iliberales se consolidan. La migración precaria se criminaliza. Se suspenden los derechos. El ejercicio del poder se vuelve más discrecional y personalista. Es la nueva era del “líder fuerte” que encarna “la voluntad del pueblo”.
Pero, por otro lado, la llamada generación Z despierta. Los hijos de este siglo y de la plena era digital se movilizan en varios países, tumban y cuestionan gobiernos, hacen valer sus demandas y ocupan espacios virtuales y reales. En 2025 se asomó también una nueva era de descontento social ante un futuro incierto en lo económico, lo político y lo medioambiental.
Una revolución tecnológica que promete… y amenaza
Y mientras en 2025 se mantuvo la tendencia hacia el calentamiento global, con temperaturas extremas y fenómenos meteorológicos cada vez más destructivos, las innovaciones tecnológicas avanzaron en medio de un halo de promesa y amenaza. Los sectores que acapararon la inversión global en 2025 dan fe del cambio de tendencia en la generación y concentración de riqueza en torno a la revolución tecnológica, encabezada por dos potentes tríadas: una, conformada por las energías renovables, el almacenamiento eléctrico y la electromovilidad, y la otra, por la inteligencia artificial, los centros de datos y los servicios seguros de software. Complementarias y/o subsidiarias de dichos trinomios aparecen la industria electrónica y de semiconductores, circuitos integrados y procesadores; la industria aeroespacial y de defensa, y el sector de la biotecnología, la genética y la biología sintética.
Mención aparte merecen dos convergencias que se asomaron en 2025 con el potencial de transformar profundamente la manera en la pensamos, producimos, nos movemos y vivimos: la primera de ellas es la mezcla de computación cuántica e inteligencia artificial; la segunda, el entrelazamiento entre la robótica avanzada y la movilidad eléctrica autónoma. En medio, una tendencia económica e industrial aparece en el horizonte: las plataformas de flexibilidad productiva basadas en procesos más que en productos, capaces de generar los elementos de ecosistemas domésticos e industriales interconectados 5.0.
¿El inicio del fin de un tipo de sociedad?
En un plano más filosófico, 2025 nos lega una reflexión atravesada por la crisis medioambiental planetaria, el desafío de una inteligencia ajena a la humana con capacidad de decisión, la realidad inédita de vidas colectivas e individuales definidas por algoritmos y una gobernanza global fracturada y sin las herramientas suficientes –todavía– para construir escenarios de prosperidad compartida que abarquen el orbe entero. ¿Es 2025 el inicio del fin de la sociedad humana tal y como la conocemos? Como dije, aún necesitamos perspectiva, tiempo, para saberlo.
Las luces y sombras que el año viejo proyecta sobre el nuevo nos instan a asumir cuatro posturas clave en nuestras vidas y organizaciones: anticipar escenarios estratégicamente; practicar la resiliencia y la diversificación; fortalecer la colaboración individual y colectiva, y colocar en el centro lo humano, en el sentido más global del concepto. La tecnología y la geopolítica son herramientas, no más que eso. Aunque hayamos atravesado el vórtice, la tormenta continúa. Te invito a que en 2026 sigamos en contacto.