Un mapa para navegar 2026

Por Arturo González González

“Sólo un muro de madera no será capturado, una bendición para ti y para tus hijos”. En tiempos convulsos como los que vivimos, un oráculo como el de Delfos tendría harta demanda. Durante siglos, la Pitia, sacerdotisa de Apolo en el templo délfico, brindó servicio a gobernantes y ciudadanos comunes que deseaban conocer el futuro. Ante la disyuntiva de tomar una u otra decisión, el oráculo ofrecía una respuesta. La frase con la que inicio este artículo refiere la famosa profecía que se pronunció cuando los atenienses estaban a punto de ser atacados por los persas. Temístocles, a la sazón líder de Atenas, interpretó la frase conforme a sus intereses: el muro de madera significa una armada poderosa. El tiempo le dio la razón. La ciudad fue arrasada, pero las naves helénicas derrotaron a las poderosas fuerzas de Jerjes en Salamina. Hoy no hay oráculo al que preguntar. Para guiarnos, nuestra intuición debe ser auxiliada por información, conocimiento y sabiduría.

Descubrir las tendencias que mueven los vientos del mundo nos puede ayudar a dibujar un mapa para navegar el año que apenas comienza. Y para facilitar la comprensión, hay que definir, nombrar, dichas tendencias. Lo que no se nombra no puede entenderse. Crear, ajustar o reutilizar conceptos no sólo es válido en el análisis global con perspectiva histórica, es estrictamente necesario, como lo es revisar de forma crítica los estudios de instituciones internacionales y consultoras de prestigio. Para escribir este ensayo, he consultado y tomado referencias de informes de tendencias elaborados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Consejo en Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), el Centro de Información y Documentación Internacionales en Barcelona (CIDOB), Ernst & Young (EY), Kearney, Gartner, la IESE Business School y el diario El País.

Neoimperialismo e iliberalismo, o la lógica del poder bruto

Parto desde la geopolítica, donde se observan dos tendencias que se proyectan sobre 2026 y se complementan. La primera es el neoimperialismo: potencias mundiales y regionales recurren, cada vez con más descaro, a la fuerza y la coerción para imponer sus intereses y ampliar su influencia. La renovada lógica imperial revive la “diplomacia” del cañón, tan vigente a finales del siglo XIX y principios del XX, así como la impunidad con la que actúan los líderes de estados agresivos e intervencionistas como Rusia, Israel y Estados Unidos. El Caribe (Venezuela y Cuba), Europa del Este (Ucrania, países bálticos), Oriente Medio (Palestina e Irán) y el Pacífico asiático (Taiwán y Corea) aparecen como los focos calientes a observar en medio del reajuste imperial.

Y no puede haber imperialismo sin armamentismo. El gasto militar, en máximos históricos, impulsa la proliferación de armas avanzadas, drones y el uso de inteligencia artificial en los arsenales. Si Rusia y Estados Unidos no lo ratifican, en febrero de 2026 expirará el último tratado de control de armas nucleares. En medio de un contexto de fuerte disputa armada, la paz se ha vuelto un bien monetizable. La frágil tregua en Palestina y el acuerdo impulsado para Ucrania evidencian que asistimos a la normalización de la privatización de las paces: pactos endebles en donde la población civil y la justicia importan menos que los beneficios económicos de las potencias involucradas y sus empresas. La intervención estadounidense en Venezuela sigue la misma ruta.

La segunda tendencia geopolítica es el iliberalismo, término difundido por el politólogo indo-estadounidense Fareed Zakaria. Desde la izquierda, pero, sobre todo, desde la ultraderecha, crece una ola que socava los principios del liberalismo democrático y el orden internacional liberal. La polarización social y económica es ahondada por la política, con partidos que tiran cada vez más el discurso hacia el extremo. Suspendido el diálogo entre facciones ensimismadas, quedan los gritos y la estridencia. La polarización alimenta la violencia política, y de ésta surge la tentación autoritaria incluso en democracias que se presumía consolidadas, como la de Estados Unidos o la de varias naciones europeas.

El equilibrio de poderes pierde terreno frente a la concentración excesiva de poder de gobernantes populistas que se asumen como la encarnación de la voluntad del pueblo. La criminalización del adversario político avanza junto con la satanización del inmigrante precario. La búsqueda de consensos se ha convertido en una “debilidad”. Lo deseable hoy es el líder fuerte que toma decisiones sin consultar salvo a sus allegados, quienes conforman nuevas oligarquías con intereses primordialmente privados. En medio del embate, la estructura de gobernanza mínima que alguna vez ensayó la Organización de las Naciones Unidas se resquebraja con cada violación a los derechos humanos y de los estados nacionales.

La lucha por recursos en un orbe fragmentado

De la geopolítica paso a su hermana, la geoeconomía, donde una tendencia domina el horizonte: la fragmentación de la globalización. Los aranceles llegaron para quedarse un buen rato. El contagio ya inició. Una nueva ola de proteccionismo, sin precedentes en un siglo, se apodera del panorama comercial de la mano de la necesidad de seguridad económica. Los bloques regionales continuarán afianzándose en 2026, aunque no exentos de tensiones internas: América del Norte enfrenta una dura revisión del T-MEC; Asia-Pacífico debe sortear las fricciones entre China y varios de los miembros del RCEP, y la Unión Europea se debate entre la división interna y las amenazas externas que provienen de Oriente y Occidente.

El desmantelamiento del orden global y la demora en el surgimiento de uno nuevo mantienen abierta una ventana de incertidumbre que impide el afianzamiento del crecimiento económico mundial. Los actores sociales, políticos y económicos deben aprender a lidiar con dicha incertidumbre y a planear en medio de ella. Y precisamente para tratar de disminuir la volatilidad, los gobiernos incurren en una mayor injerencia en la economía, con la resurrección de políticas industriales que tienen como objetivo organizar las fuerzas productivas y alinear la inversión con intereses nacionales y oligárquicos.

Una segunda tendencia geoeconómica tiene que ver con la disputa encarnizada por recursos estratégicos, principalmente agua, minerales críticos (tierras raras, por ejemplo) y energía. Las cuencas hídricas compartidas serán cada vez más motivo de tensión y conflicto; el caso México-Estados Unidos es apenas una muestra. El dominio de China en los insumos minerales de la industria tecnológica y las energías verdes provoca una reacción doble de parte de Estados Unidos: por un lado incrementa el despliegue de mecanismos de presión a socios y competidores para obtener los recursos que necesita y, por el otro, profundiza su dependencia de combustibles fósiles, mientras el gigante asiático avanza en la transición energética.

Redes digitales y físicas de IA y la revolución cuántica

Hay que ver la tecnología como un agente en sí mismo, ya no subordinado a la economía o a la política, sino como un actor geopolítico que determina buena parte del resultado del juego de poder mundial. También en este ámbito se asoma un par de tendencias. Una tiene que ver directamente con la inteligencia artificial, sobre la que debemos observar tres desarrollos en 2026: la agencialidad, la convergencia material-digital y la soberanía tecnológica.

La nueva generación de IAs va más allá de modelos de lenguaje que investigan, responden preguntas o crean texto, imagen y video. Hablamos de agentes inteligentes capaces de ejecutar tareas complejas por sí mismos, y del desarrollo de sistemas multiagente, donde una red de IAs especializadas colaboran para lograr objetivos paso a paso. Se trata de un hito que permitirá la normalización de la IA en el mundo físico, con vehículos autónomos más eficientes, androides cada vez más “humanos” y un entorno IoT (internet de las cosas) más amplio e integrado desde las cadenas productivas hasta el ámbito doméstico.

La era de los ecosistemas inteligentes adaptativos y la flexibilidad de la base industrial está en marcha y dejará atrás el viejo paradigma de “un producto un proceso”. El potencial de los avances relacionados con la IA lleva a los estados a aumentar el control sobre la tecnología para ejercer una soberanía digital de datos y su procesamiento.

La segunda tendencia tecnológica es aún más sorprendente. El próximo gran ámbito de competencia mundial es la computación cuántica, en donde Estados Unidos y China lideran, por mucho, el campo experimental y el de primeras aplicaciones posibles. Es un parteaguas en la historia de la informática. De acuerdo con la visión de expertos, la computación cuántica promete revoluciones en campos como el desciframiento en minutos de problemas de optimización logística que hoy tardarían siglos, la simulación de interacciones moleculares acelerando descubrimientos farmacéuticos y de materiales, la mejora en las predicciones financieras o climáticas, e incluso vulnerar todos los actuales sistemas criptográficos de protección de datos y procesos.

¿Podrá la computación cuántica ayudarnos a resolver el gran dilema de nuestro tiempo, a saber: sostener una sociedad productivista y consumista sin cargarnos el ecosistema planetario en el proceso? Creo que harían falta muchos más elementos que la tecnología para responder la pregunta.

Crisis ambiental y sostenibilidad oculta

En 2026 también debemos mantener la mirada puesta en dos tendencias medioambientales. La primera toca al clima y al agua, elementos básicos de la vida en el planeta. Caminamos sobre una cuerda floja de contrastes: si bien observamos un avance sin precedentes en la generación de energías verdes, con China al centro, Estados Unidos se refugia en la energía sucia. La quema de combustibles fósiles agudiza el calentamiento global, mientras la triple competencia geopolítica, geoeconómica y tecnológica puebla de piedras el camino de la agenda climática global. La disponibilidad de agua entra en un momento crítico con el aumento de la mancha del estrés hídrico en los cinco continentes y la consecuente conflictividad derivada del control del recurso. Tendremos que decidir: o hacemos del agua una fuente de cooperación o la volvemos un factor de división.

Por otro lado, la polarización también hace mella en la agenda medioambiental. La satanización de las políticas de sostenibilidad por parte de políticos y agentes negacionistas del cambio climático obliga a las empresas a desarrollar estrategias ASG (ambiente, sociedad y gobernanza) más discretas para escapar a la represalia de gobiernos y a la restricción de fondos y contratos. Es paradójico: lo que antes se vio como una medida digna de presumir hoy se esconde para escapar de la mirada inquisitoria de quienes creen que lo mejor es mantener el modelo de producción basado en los combustibles fósiles y en la cultura del consumismo y el derroche.

Las batallas culturales… y generacionales

Las últimas dos tendencias para 2026 llegan desde el ámbito sociocultural. No sé si ya te diste cuenta, pero somos testigos de una batalla por el control de la producción cultural de masas. La casi consumada compra de Warner Bros. por parte de Netflix representa el dominio total del streaming sobre Hollywood, otrora el aparato cultural y propagandístico más poderoso del mundo. En contraste, el modelo de producción de contenidos basado en influencers masivos da muestras claras de agotamiento. La saturación digital cobra factura y depura el ecosistema de influenciadores para dejar en pie a aquellos que logren generar confianza y conexión relevante.

Vinculado a ello, y derivado de la sensación de ruido y efimeridad que producen las redes sociales, observamos una vuelta cada vez más acuciada hacia tecnologías análogas, como el libro físico, el vinilo, el cassette o las viejas consolas, sin que ello signifique necesariamente el declive de las plataformas digitales.

En el mundo de la memoria histórica y cultural también se libra una batalla, principalmente en los museos, en los que avanza un discurso favorable a la descolonización. El retorno de piezas de alto valor simbólico extraídas de territorios dominados en el pasado por imperios europeos, se abre paso de la mano de la apertura de las principales salas de exposición a propuestas de artistas actuales provenientes del llamado Sur global.

La última tendencia irrumpe con rostro de brecha generacional. Similar –no igual– a los millennials indignados de hace 15 años, o a los gen X altermundistas de hace 30, un sector de la denominada generación Z toma las calles para hacer escuchar su voz bajo consignas varias. No obstante la diversidad de las demandas, en el fondo se percibe una realidad común: la ausencia de horizontes de futuro para una generación a la cual la posibilidad de conexión digital ya no le es suficiente. Es el regreso de la mejora de las condiciones materiales al foco de la discusión política. No es casual que ese haya sido el discurso de Zohran Mamdani, flamante alcalde de Nueva York. Un inmigrante, musulmán y socialista gobernará la ciudad símbolo del capitalismo financiero mundial. ¿Signos de los tiempos?

El mapa que trazo no es un oráculo, es tan sólo una ruta de proyección posible. Además, hay que recordar que el éxito del oráculo dependía más de la interpretación de sus profecías que de éstas en sí. Basta con recordar la historia de Creso, el archirrico rey de Lidia, quien consultó a la Pitia para saber si debía atacar a Persia antes de que Persia atacara a Lidia. La Pitia le respondió: “si cruzas el río Halys, destruirás un gran imperio”. Creso se lanzó a la guerra y perdió. Pero el oráculo tuvo razón: el rey de Lidia destruyó un gran imperio… el suyo.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.