El ‘nuevo’ traje del imperialismo estadounidense

Por Arturo González González

Nunca es más peligrosa la fiera que cuando se siente débil, herida o amenazada. A inicios del siglo VI de nuestra era, el Imperio romano se encontraba en franca decadencia. Agazapado en la parte oriental controlada desde Constantinopla (la Nueva Roma), intentaba evitar correr el mismo destino de fragmentación que el lado occidental. Con la ambición de renovar y recuperar el imperio, Justiniano asumió el poder en el año 527. Para concretar su visión “renovadora” se basó en dos estrategias muy recurridas en el orbe imperial romano: la autocracia y la campaña militar. Concentrar el poder para ejercerlo con violencia. A lo largo de las casi cuatro décadas de su reinado, Justiniano emprendió guerras que le permitieron recuperar el control sobre buena parte del antiguo dominio occidental, incluyendo la península itálica. Al momento de su muerte, acaecida en el año 565, el Imperio romano volvía a extenderse desde la costa sur ibérica hasta el norte de Siria. Parecía que Justiniano había tenido éxito en hacer a Roma grande otra vez.

El ADN imperialista

La historia de Justiniano nos demuestra que la tentación de reaccionar con violencia para superar la decadencia es tan vieja como los imperios, de los cuales el romano es perfecto ejemplo. Podríamos decir que está en su ADN. Porque todo imperialismo se basa en la premisa del predominio de un pueblo sobre los demás, que deben someterse o ser sometidos al primero. Y si el imperialismo es percibido como el origen de la grandeza de un pueblo, es explicable que se crea que puede ser la solución a su decadencia. Estados Unidos no es la excepción. El imperialismo está en el ADN de la gran república norteamericana. Casi desde su independencia reconocida en 1783 y, sobre todo, durante el siglo XIX, Estados Unidos se basó en una triple estrategia de imperialismo político, militar y económico para conquistar el territorio que hoy ocupa en América.

A través de la colonización, la presión diplomática, la compra de tierras y la guerra contra poblaciones indígenas y otros estados, la potencia americana pudo expandir su territorio 4.3 veces desde su tamaño original. Dos doctrinas contribuyeron a ello. Una es la Doctrina Monroe, de 1823, que bajo la consigna “América para los americanos” defendía los intereses de Estados Unidos en el continente frente a la intervención del imperialismo colonial europeo. La segunda, más importante aún, es la doctrina del destino manifiesto, de 1845, planteada por John L. O’Sullivan para justificar la anexión de Texas y Oregon, que reza: “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”.

Un paso atrás y dos adelante

El imperialismo estadounidense pareció tomar un respiro tras la ampliación de su dominio territorial desde la costa atlántica hasta la del Pacífico, con proyección hacia el Ártico con Alaska, hacia el Caribe con Puerto Rico y hacia Oceanía con Hawaii. La gran guerra mundial en dos partes de 1914 a 1945, le ofreció la oportunidad de expandirse hacia Asia con el control de islas que pertenecían al Imperio del Japón. Tras la derrota de las potencias del Eje, Estados Unidos y la Unión Soviética promovieron la desintegración de los imperios coloniales europeos de Asia y África, para ampliar sus respectivas áreas de influencia e intereses. El llamado Tercer Mundo se volvió escenario de disputa entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría. El imperialismo estadounidense se transformó y diversificó.

En América Latina, Washington impulsó y patrocinó golpes militares para frenar el avance de fuerzas socialistas democráticas y radicales, alineadas o no con Moscú. En otras partes del mundo, como Corea y Vietnam, intervino militarmente para detener la expansión de las revoluciones comunistas. Para plantar cara al crecimiento del orbe soviético en Europa creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a través de la cual impulsó sus ideales e intereses asimilándolos con los de Occidente. A la par, y en contraste, la potencia americana promovió la construcción de un orden mundial basado, al menos en apariencia, en los principios de la defensa de los Derechos Humanos y la soberanía de los estados nacionales, cuyo eje rector fue la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El componente económico del imperialismo estadounidense adquirió preeminencia y se configuró para la búsqueda de recursos naturales (petróleo), nuevos mercados laborales y de consumo y, en suma, la máxima rentabilidad. La caída de la URSS y su bloque liberó a las fuerzas del capital estadounidense de los límites geográficos e ideológicos e inauguró la era de la hiperglobalización unipolar. La pax americana emergió como producto de una única superpotencia, promotora y vigilante de un orden global liberal, democrático y capitalista. O esa era la apariencia que daba.

Los límites de la hegemonía

Bastaron dos décadas y media (de 1990 a 2015) para evidenciar los límites y las contradicciones del orden global de la hegemonía estadounidense. En 1991 Washington encabezó una coalición de más de 40 países para hacer cumplir el mandato de la ONU de liberar a Kuwait de la invasión iraquí. Tras casi siete meses de intervención, la coalición consiguió su cometido. Las reglas parecían claras. Estados Unidos era el centro de un imperio global y quien no acatara las normas, se atenía a ser blanco del uso de la fuerza legitimada por la ONU. Pero el imperialismo estadounidense no tardó en mostrar su verdadero rostro. Luego de una serie de intervenciones de la OTAN respaldadas por la ONU para proteger a los pueblos separatistas de la antigua Yugoslavia, en 1999 Estados Unidos y sus aliados atlantistas llevaron a cabo un bombardeo sobre ciudades y posiciones yugoslavas sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las reglas del orden global creado por la superpotencia americana eran para otros, no para ella.

El nuevo milenio llegó en Washington con la impronta de hacer del XXI un “nuevo siglo estadounidense”. Pero los retos y tropiezos aparecieron muy pronto. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 mostró al mundo que el gran imperio no era invulnerable. Las consecuentes y desastrosas invasiones en Afganistán e Irak –ésta sustentada en mentiras– desnudaron la incapacidad del imperialismo estadounidense de imponer un orden a su imagen y semejanza. La crisis económica de 2008 y el ascenso de China como potencia económica rival a partir de 2010, terminaron de exhibir las fisuras del unipolarismo americano: con todo y su enorme poder económico, político y militar, Washington ya no estaba solo en la cima y su hegemonía se resquebrajaba.

Del desastre al ‘nuevo’ imperialismo

Los desastres de sus injerencias se replicaron en Siria y Libia. El imperialismo estadounidense usó la fachada de llevar la democracia y la libertad a los países en los que intervenía, pero el resultado fue otro: Irak es lo más parecido a un estado fallido bajo la influencia de Irán, Afganistán ha regresado a la ruta del fundamentalismo talibán, Libia no logra estabilizarse luego de una guerra civil de diez años y Siria está fragmentada bajo un régimen encabezado por una persona acusada de terrorismo por los propios Estados Unidos, pero que ha sido recibido como jefe de Estado en la Casa Blanca. Sirvan estos ejemplos para demostrar que tras la intervención del imperialismo estadounidense no hay garantía de que las cosas vayan a mejorar para la población. Incluso, pueden ir a peor.

Con Donald Trump, el imperialismo de Estados Unidos se ha despojado de todas sus máscaras en un mundo multipolar que se asemeja más a una nueva era de imperios. “Vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder”, ha dicho Stephen Miller, consejero de política interna de la Casa Blanca. Es la dominación sin hegemonía, doctrina impulsada por el secretario de Estado, Marco Rubio. Venezuela es la etapa más llamativa hasta ahora, pero no es la única ni será la última. En el horizonte se observa a Cuba, Colombia, Nicaragua, Groenlandia, Canadá… ¿México?

La disputa es por territorios, recursos, mercados, divisas y narrativas, en un mundo de alta competencia y rivalidad en el que los Estados Unidos de Trump se resisten a perder la proposición de privilegio. Es un imperialismo reaccionario, como lo fue el de Justiniano. Es menester recordar que la renovación imperial romana del siglo VI fue efímera y no sobrevivió a la muerte del emperador. La peste, la división social, la guerra, el desgaste y el derroche hicieron mella y marcaron la decadencia definitiva del orbe romano. Si entendiéramos más y mejor la historia, tal vez nos daríamos cuenta de que, como en el cuento de Andersen, el “nuevo” traje del imperialismo estadounidense es invisible y en realidad está desnudo.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.