Groenlandia o la falla tectónica de la OTAN

Por Arturo González González

Cuando los estados confederados de Grecia derrotaron a los persas en una auténtica guerra mundial a la escala del mundo antiguo, varios de ellos se reunieron en la isla de Delos para constituir una alianza militar en forma. Corría el invierno del año 478 a. C. El escenario: el santuario de Apolo y Artemisa. Los representantes de los estados congregados querían hacer un frente común para prevenir futuras invasiones del inmenso Imperio persa, recuperar territorios en manos de éste, vengarse de los daños infligidos en la guerra y repartirse el botín del enemigo. Como explican los historiadores Adolfo J. Domínguez Monedero y José Pascual González, la Liga de Delos nació como una “alianza militar multilateral, ofensiva y defensiva (…) una unión militar de estados independientes que conceden la hegemonía de la alianza” a Atenas.

Mientras la amenaza persa fue creíble, la razón de ser de la Liga no era cuestionada. Pero, disminuido el peligro de Oriente, poco a poco Atenas, la primera potencia naval militar del Egeo, convirtió la alianza en un instrumento para perseguir sus propios intereses a costa de sus aliados. No sólo impuso su visión de los asuntos exteriores, sino que también dictó a sus coligados normas políticas y económicas. La Liga se volvió la herramienta del imperialismo ateniense. Sus integrantes quedaron atrapados entre la espada ateniense y la pared persa, mientras en el horizonte crecía la amenaza de una nueva potencia: Esparta. Guardadas las distancias espaciales y temporales, el paralelismo histórico entre la Liga de Delos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es inevitable.

La OTAN, instrumento de la hegemonía de EEUU

Tres años después de la Segunda Guerra Mundial, a fines del invierno de 1948, cinco estados de Europa Occidental firmaron el Pacto de Bruselas, una alianza defensiva para plantar cara a la expansión de la influencia de la Unión Soviética en el continente. Conscientes de sus limitaciones frente a la enorme masa territorial y poblacional de la potencia comunista, Reino Unido, Francia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo acudieron a Washington para convencer a Estados Unidos de sumarse a la causa. Las conversaciones concluyeron un año después, en 1949, con la firma en la capital estadounidense del tratado que fundó la OTAN. A los seis estados ya mencionados se sumaron Canadá, Islandia, Dinamarca, Noruega, Italia y Portugal. Desde el inicio, la hegemonía de Estados Unidos quedó confirmada en la alianza. Como dice el historiador Jacques Pirenne: “la unión atlántica se constituyó bajo la égida de Washington al igual que la unión de los pueblos mediterráneos, en el siglo I a. C., se había forjado bajo la égida de Roma”. Tal y como lo había hecho Atenas cinco siglos antes en el mundo Egeo.

De forma similar a lo que ocurrió con la Liga de Delos, la OTAN experimentó un periodo de redefinición cuando la URSS y su bloque se desplomaron en torno a 1990. La razón principal de ser de la Alianza Atlántica había desaparecido. Con el paso de los años, se consolidó como el instrumento de poder de Washington para imponer sus intereses geopolíticos expandiendo la organización hacia el Este, algo que, tras la caída de la URSS, se había prometido que no iba a ocurrir. Desde su fundación, la OTAN ha multiplicado casi por tres el número de sus miembros y su expansión siempre ha sido hacia el Este.

La Alianza Atlántica puesta a prueba

Con la llegada de Donald Trump al poder en 2017, la ya cuestionada Alianza Atlántica fue blanco de los embates retóricos de su principal patrocinador. El centro de la crítica trumpista a la OTAN fue la desproporción en el soporte financiero y militar de Estados Unidos frente a sus aliados europeos. La exigencia de incrementar el gasto de defensa y, en consecuencia, aumentar la compra de armas a Washington, se volvió el principal objetivo de Trump. Desde la perspectiva del mandatario estadounidense, si la alianza no sirve exclusivamente a los intereses políticos, militares y económicos de la potencia americana, no tiene razón de ser.

La invasión rusa a Ucrania, ocurrida durante el interregno de Joe Biden, pareció dar un nuevo aliento a la OTAN, la cual se colocó detrás de Kiev “en defensa de Europa frente a la amenaza de Moscú”. Pero esta visión no sobrevivió al fin del mandato del demócrata. Con el regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025, resurgieron con fuerza las voces que planteaban la independencia estratégica de la Unión Europea respecto de Estados Unidos. Se trata de un dilema de difícil solución: por una parte, los países europeos atlantistas necesitan del poderío de Washington para defenderse; por la otra, Washington ya no quiere hacerse cargo de la defensa de Europa. La postura trumpista es cruda: si quieren seguridad, que la paguen. En este contexto, el dilema de Bruselas se convierte en una paradoja: para depender menos de Washington, los líderes europeos proponen… hacer justo lo que Washington les dicta hoy, es decir, comprar más armas a la industria militar estadounidense. Y el caso Groenlandia ha venido a complicar aún más el escenario.

Groenlandia, una ambición no tan nueva

No es la primera vez que Estados Unidos muestra su ambición sobre la isla más grande del mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas estadounidenses ocuparon Groenlandia tras la caída de Dinamarca a manos del régimen nazi. El argumento de Washington fue evitar que la isla ártica fuera ocupada por el Tercer Reich. Luego de la derrota alemana, Estados Unidos devolvió la isla a Dinamarca con una propuesta de compra que fue rechazada. Desde su primer mandato, pero más durante el segundo, Trump ha mostrado sus cartas respecto a Groenlandia: quiere conquistarla, ya sea a punta de billetazos o de cañonazos. El argumento, en parte, no es muy distinto al usado durante la Segunda Guerra Mundial: la isla representa un enclave estratégico en el Atlántico Norte y el océano Ártico.

Actualmente, desde la visión del Pentágono, el flanco más débil de Estados Unidos es justamente el círculo polar del norte. Si llegara a haber un ataque con misiles intercontinentales en territorio norteamericano, es casi seguro que ocurriría a través del Ártico. Además, Groenlandia representa una plataforma privilegiada de exploración de nuevas rutas de navegación y de explotación de los abundantes recursos energéticos y minerales del Polo Norte y sus alrededores. Actualmente Estados Unidos sólo tiene presencia en la región por Alaska, y se siente “en desventaja” frente a Rusia, la gran potencia del Ártico, cada vez más alineada con China, que proyecta la Ruta de la seda Polar. Sumar Groenlandia le daría a Washington la oportunidad de expandir su influencia en lo que el deshielo provocado por el calentamiento global avanza. Lo que para la mayoría de los terrícolas es una amenaza de catástrofe planetaria, para el inquilino de la Casa Blanca es una oportunidad de oro.

Europa, el “hombre enfermo” del nuevo orden

La Unión Americana ve en la Unión Europea a un aliado débil y decadente, y, en consecuencia, asume su defensa prescindiendo de la OTAN. El Imperio Otomano en el siglo XIX era considerado el hombre enfermo de Europa; Europa pudiera ser hoy el hombre enfermo del mundo multipolar. Y en esa condición, los miembros europeos de la Alianza Atlántica de pronto se ven en una terrible disyuntiva, similar a la que vivieron los aliados de Atenas: por Occidente, la amenaza de unos Estados Unidos desdeñosos y expansionistas bajo el revisionismo de las doctrinas Monroe y del destino manifiesto; por Oriente, el peligro de una Federación Rusa bajo un revisionismo imperialista territorial impulsado por la ideología euroasianista, mientras a lo lejos se asoma la gran potencia emergente, China. Groenlandia evidencia la falla tectónica de la OTAN en un mundo multipolar en ciernes.

Hay que decirlo: Dinamarca y sus aliados europeos no tienen grandes argumentos éticos ni legales para defender la soberanía danesa sobre Groenlandia. Basta recordar que tras la primera oleada de navegantes nórdicos entre los siglos X y XIV –que se adelantaron bastante a la llegada de Colón a América– la isla se convirtió a partir del siglo XVI en un enclave más del rompecabezas del colonialismo europeo. Hoy es un resabio del mismo, con todo y grado de autonomía concedido por Copenhague en 1979 y el autogobierno alcanzado en 2009. El Reino de Dinamarca mantiene la facultad de la política exterior y de defensa de Groenlandia. No obstante, para Estados Unidos, el estado nórdico no tiene la capacidad de garantizar la protección de la isla. Y en la lógica de Washington, la única verdad del nuevo orden mundial es la de quien puede ejercer un poder vertical.

La OTAN entra a terapia intensiva

La gran pregunta es ¿qué va a pasar con la OTAN si su principal sostén agrede a un estado miembro para despojarlo de lo que éste reclama como propio? No existe ningún artículo del tratado que hable de una reacción a un ataque de un miembro a otro. La OTAN, como la Liga de Delos, se creó para alinear a sus integrantes contra amenazas externas. Parece cuestión de tiempo (¿días, semanas, meses?) para que Estados Unidos se apropie de Groenlandia. ¿Qué sentido tiene para Europa y Canadá seguir dentro de una alianza en la que la potencia dominante ya no respeta las condiciones mínimas de convivencia y sociedad?

Recordemos lo que ocurrió con la alianza délica hace 25 siglos, cuando Atenas asumió una postura despótica. El descontento no se hizo esperar. Desvencijada su hegemonía, a la ciudad ática le costaba cada vez más trabajo mantener el dominio sobre la Liga… hasta que ésta dejó de representar una ventaja decisiva. Y la otrora poderosa alianza militar no salvó a la orgullosa Atenas de la derrota ante el otro poder emergente, Esparta.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.