(Por Arturo González González) De los 56 conflictos armados vigentes en 2025, dos son los que más relevancia tienen en el cambio de orden global que vivimos: Ucrania y Palestina.
Más allá de sus particularidades, ambos conflictos poseen una serie de características que los asemejan y vinculan y que, además, vuelve muy compleja su solución.
Antes de describir dichas características, quiero mencionar una diferencia sustancial: el conflicto en Europa del Este es mucho más focalizado y definido que el de Oriente Medio, que tiende a ser más disperso y difuso en sus frentes y bandos.
El enfrentamiento directo en Europa del Este ocurre entre Rusia y Ucrania, aunque tiene impactos e implicaciones internacionales.
La guerra en Oriente Medio tiene varios frentes: Israel, Palestina, Líbano, Siria, Yemen, Irak e Irán.
Raíces tan largas como un siglo
Las raíces profundas de ambos conflictos podemos encontrarlas entre 1917 y 1918, durante la caída de tres viejos imperios al final de la Primera Guerra Mundial: el Austro-Húngaro de los Habsburgo, el Ruso de los Románov y el Turco de los Otomanos.
Hasta la Gran Guerra que estalló en 1914, el territorio ucraniano estaba dividido entre los dominios de los Habsburgo, la parte más occidental, y de los Románov, el resto del país.
En 1917 el Imperio Ruso sucumbió producto de la revolución comunista.
Y en 1918 el Imperio Austro-Húngaro se desmembró como consecuencia de la derrota de las Potencias Centrales.
En ese contexto el nacionalismo ucraniano irrumpió con fuerza, aunque no tardó en ser derrotado por el comunismo que incorporó a Ucrania a la Unión Soviética.
Por esos mismos años, el Imperio Otomano, coligado con las Potencias Centrales, colapsó al finalizar la Primera Guerra Mundial.
Los dominios otomanos fueron repartidos principalmente entre Reino Unido y Francia, como ganadoras de la Gran Guerra, y la naciente República de Turquía, heredera del extinto imperio.
En 1917 se emitió la Declaración Balfour que comprometió al Reino Unido en la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina, con lo que se sentaron las bases para el conflicto árabe-israelí.
Como podemos observar, ambas guerras tienen su origen en la época de caos y transición que fue el primer cuarto del siglo XX.
Hoy, en el primer cuarto del siglo XXI, vivimos una nueva época de caos y transición, y ambos conflictos se encuentran exacerbados como heridas sangrantes de un mundo que, como ayer, se transforma violentamente.
Ucrania y Palestina, antecedentes recientes
Los antecedentes más recientes de la guerra de Europa del Este y el conflicto en Oriente Medio podemos hallarlos en la década de 2010.
En el caso de Oriente Medio, el estallido de las guerras civiles en Siria, en 2011, y la guerra civil en Yemen, en 2014, así como los constantes avances de Israel en los territorios palestinos durante toda la década y sus frecuentes choques con Hamás, figuran entre los más importantes.
Las guerras siria y yemení se convirtieron muy pronto en conflictos internacionales con milicias y grupos extremistas externos y potencias regionales y mundiales involucradas.
En Palestina, desde entonces el apoyo financiero, militar y político de EEUU ha sido determinante para el proyecto sionista del gobierno israelí.
En cuanto a Europa del Este, el origen reciente de la guerra se ubica en 2014, cuando la caída del gobierno filorruso de Víktor Yanúkovich llevó a Rusia a anexionarse Crimea y a apoyar la rebelión de las milicias prorrusas del Donbás ucraniano.
La invasión rusa a Ucrania ocurrió en febrero de 2022, cuando Moscú movilizó a decenas de miles de soldados desde las fronteras hasta el interior de su vecino país.
El presidente ruso Vladimir Putin la llamó una “operación militar especial” para, entre otros argumentos, defender a los rusos étnicos del Donbás, “desnazificar” Ucrania y evitar que se integre a la OTAN.
El episodio en proceso de la guerra en Oriente Medio detonó en octubre de 2023, cuando el grupo extremista Hamás atacó objetivos civiles dentro Israel y asesinó y secuestró a cientos de personas, como respuesta al constante asedio de parte de las fuerzas israelíes contra la población palestina de Gaza y Cisjordania.
Otro objetivo de Hamás fue hacer volar los Acuerdos de Abraham, con los que la primera administración Trump pretendía normalizar la relación entre Tel Aviv y sus vecinos árabes y, como consecuencia, aislar la causa palestina.
La reacción de Israel fue desproporcionada desde muy pronto, con una estela de destrucción y muerte que suma ya decenas de miles de fallecidos entre los palestinos, en su mayoría civiles, y ataques que se han extendido hacia Líbano, Siria, Yemen e Irán.
Guerras regionales en un conflicto internacional
Una de las características más evidentes de ambos cuadros de conflicto es su alcance internacional y el choque de intereses geopolíticos de bandos más o menos definidos.
En Oriente Medio, detrás de las acciones de Israel está el apoyo económico y militar de Estados Unidos, principalmente, pero también de Alemania, Italia, Reino Unido, Francia y España. Es decir, Occidente.
Frente a Israel se ha plantado una agrupación de fuerzas conocida como Eje de la Resistencia, liderado por Irán y conformado también por la milicia libanesa de Hezbolá, Hamás, la Yihad Islámica y otras fuerzas palestinas, grupos islamistas chiíes de Irak, los rebeldes hutíes de Yemen y las tropas sirias de resistencia del antiguo régimen de Bashar Al Asad, entre otras organizaciones.
Irán, además, cuenta con el apoyo político y económico de Rusia y China, quienes han exigido recientemente a Estados Unidos que suspenda las sanciones contra la República Teocrática por el desarrollo de su programa nuclear.
Dos potencias regionales, que operan más bajo sus propios intereses que alineados con alguno de los bandos, son Turquía y Arabia Saudí.
Por ejemplo, Turquía fue factor determinante en la caída del régimen de Bashar Al Asad en Siria, al brindar apoyo al grupo terrorista HTS, que se hizo con el poder en Damasco en diciembre de 2024.
Además, el régimen turco es hostil hacia las fuerzas kurdas de Siria e Irak que buscan la creación de un Estado kurdo, fuerzas que han recibido apoyo de Estados Unidos para enfrentar al grupo terrorista Dáesh.
Así mismo, Turquía forma parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que encabeza Estados Unidos, pero es socio de diálogo de la Organización de Cooperación de Shanghái (OSC), que lidera China y a la cual pertenece Rusia, con quien Ankara mantiene una relación cordial a pesar de los intereses encontrados en Siria.
Por su parte, Arabia Saudí, al igual que Estados Unidos e Israel, combate a los rebeldes hutíes en Yemen, aunque se declara a favor de la creación de un Estado palestino y en contra de los ataques israelíes a la población de Gaza y Cisjordania.
En la guerra de Europa del Este, el cuadro es un poco menos complejo.
Si Ucrania ha podido defenderse es gracias al apoyo político, económico y militar de Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea.
Rusia ha contado con el respaldo directo de Bielorrusia, Irán, Corea del Norte y de forma velada, pero no por eso menos importante, de China e India.
En suma, ambos conflictos superan la regionalidad y adquieren una dimensión internacional en la que aparecen los intereses de la Alianza Atlántica y las intenciones de lo que yo llamo la Entente Euroasiática.
Ucrania y Palestina, ideologías y revisionismos
Otro factor que hermana a ambos conflictos es la existencia de visiones extremas de la realidad concebidas a partir de revisionismos históricos.
En Europa del Este vemos al gobierno de una potencia, Rusia, que desde una ideología paneslavista, niega la existencia de Ucrania como estado independiente al considerar su territorio como parte integral de la historia y los intereses rusos.
Esta ideología conlleva la ocupación o neutralización del territorio ucraniano y el adoctrinamiento de su población para que acepte su pertenencia al “mundo ruso”.
Además, Moscú, junto con Pekín y otros actores no occidentales, defiende la idea de la necesidad de construir un mundo multipolar que sustituya al mundo unipolar que durante décadas ha hegemonizado Estados Unidos.
Del otro lado, observamos a un gobierno ucraniano que se vale de dos estrategias ideológicas: el ultranacionalismo, presente en facciones y fuerzas de combate, y el liberalismo, con el que intenta convencer a la población de un supuesto destino de Kiev como “la última frontera de Occidente” que éste debe ayudarle a defender frente a Rusia.
Esta última visión es compartida por buena parte de las élites políticas y económicas de la Europa atlantista que propagan la idea de que la principal amenaza existencial del proyecto europeo comunitario y, en general, de todo el “mundo libre” occidental es Rusia.
Armarse nuevamente hasta los dientes, como antes de las dos guerras mundiales, es la propuesta de los belicistas europeos.
En Oriente Medio, el panorama ideológico se torna más complicado.
El gobierno de Israel promueve un sionismo agresivo que niega el derecho a los palestinos y otras poblaciones árabes a contar con sus propios estados independientes y territorialmente soberanos.
Dentro del sionismo, la postura más radical defiende el concepto de un Gran Israel que abarque no sólo Gaza y Cisjordania, sino también el Líbano y partes de Siria, Egipto, Jordania y Arabia Saudí.
El sionismo cuenta con importantes aliados en Europa y Norteamérica, quienes suelen ver a Israel como “la única democracia de Oriente Medio”, bastión y avanzada de Occidente en Asia.
El sionismo lleva a cabo una estrategia de colonialismo de asentamiento, ocupando gradualmente territorios, que se vale a su vez de una estrategia de limpieza étnica de las tierras a ocupar, ya sea asesinando, expulsando o sometiendo a los habitantes, en este caso árabes palestinos.
Frente al sionismo existe una ideología de resistencia que adquiere varios rostros que van desde la lucha política de defensa del derecho a la existencia de un Estado palestino secular, hasta la lucha armada más extrema que impulsa la destrucción del Estado de Israel para crear un estado de corte islamista.
No obstante, otras ideologías disputan su lugar en esta guerra.
El salafismo y el wahabismo, con fuerte presencia en Arabia Saudí, son corrientes ortodoxas, ultraconservadoras y extremistas dentro del Islam que buscan imponer una visión única de la religión y la organización social bajo la misma.
El gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan enarbola la bandera del neotomanismo, una estrategia geopolítica que tiene como objetivo recuperar la influencia de la nación turca en Oriente Medio y poner a Ankara a la cabeza de todos los pueblos túrquicos.
Intereses geoeconómicos en disputa
También la geoeconomía juega un papel muy relevante en ambos conflictos.
Desde la lógica de los recursos, los energéticos aparecen en primer orden.
Tanto en Europa del Este como en Oriente Medio, los hidrocarburos forman parte vital de las economías de los países.
Arabia Saudí, Rusia e Irán son potencias petrolíferas y gasíferas, aunque Estados Unidos ha ido incrementando su peso como exportador a raíz de los conflictos en ambas zonas.
Las plantas nucleares de Ucrania han adquirido relevancia en los últimos días debido al interés de Donald Trump de hacerse con el control de las mismas para garantizar una supuesta paz duradera.
Estamos hablando que buena parte del futuro energético inmediato del mundo pende de ambas regiones.
También los minerales, principalmente las tierras raras, de Ucrania han cobrado importancia como condición impuesta por Washington para mantener su apoyo a Kiev.
Un componente geoeconómico de peso son los corredores y rutas que conectan fuentes de recursos, centros de producción y mercados.
China impulsa la Iniciativa del Cinturón y la Ruta (Nueva Ruta de la Seda) para vincular a Europa, África y Asia en una red económica que tenga su industria como centro.
Pretende hacerlo a través de dos corredores terrestres, uno que atraviesa Asia Central, Rusia y Europa del Este, y otro que cruza Oriente Medio a través de Irán, Irak y Turquía.
Pero los conflictos en ambas regiones complican los objetivos de China.
Por otro lado, la Nueva Ruta de la Seda tiene competencia y se llama Corredor India-Oriente Medio-Europa (IMEC, por sus siglas en inglés), cuyo objetivo es conectar al subcontinente indio con Europa a través de Israel y los territorios palestinos.
El gobierno israelí de Benjamin Netanyahu ambiciona hacer de su país el principal polo de desarrollo económico e industrial del corredor y, para ello, impone la muerte o el exilio a la población palestina.
Crisis humanitarias en Ucrania y Palestina
En medio de los revisionismos históricos y los intereses geopolíticos y geoeconómicos ocurre la peor crisis humanitaria del siglo XXI.
Las cifras van y vienen y se vuelven estrategias de propaganda. Pero detrás de las cifras hay personas que han perdido la vida o el soporte de la misma. Hay soldados, gente sencilla, utilizada como carne de cañón por proyectos imperialistas en pugna.
Sin total certeza de las estadísticas, es posible asegurar que estos conflictos han dejado, con holgura y en su conjunto, más de 1.5 millones de muertos y más de 15 millones de desplazados.
A esos datos hay que sumar las personas heridas y mutiladas, violadas, encerradas y que han perdido su hogar.
Las prácticas brutales de los ejércitos regulares e irregulares recuerdan a lo registrado durante las peores guerras del siglo XX.
Donald Trump, en su segunda llegada a la presidencia de Estados Unidos, intenta marcar una diferencia que resulta a todas luces contradictoria.
Dice estar interesado en establecer la paz en Europa del Este, mientras da alas a Israel en su deriva expansionista.
Para entender, es necesario ver los intereses que hay debajo de la engañosa retórica trumpista.
El presidente estadounidense quiere que su país deje de invertir dinero en la defensa de Ucrania y sus aliados europeos. Para ello, busca la justificación que le permita desentenderse del conflicto y dejarlo en manos de Kiev, Bruselas y Londres.
Sus intereses están hoy en América y Asia Pacífico, donde quiere plantar cara de una forma más estratégica a China, el principal rival de Estados Unidos.
En cuanto a Oriente Medio, está claro que Washington seguirá apoyando a Israel en sus objetivos colonialistas y de limpieza étnica. El lobby sionista conserva una gran capacidad de influencia en las estructuras de poder estadounidense.
¿Se podrá alcanzar una paz justa y duradera?
Los diversos y complejos intereses ideológicos, geopolíticos y geoeconómicos impiden tener hoy un ánimo optimista respecto a una paz justa y duradera en ambas regiones.
A las causas históricas y regionales se han superpuesto los objetivos irreconciliables de potencias regionales y mundiales engarzados en distintos frentes.
El panorama es caótico, tal y como lo era cuando las bases de ambos conflictos se establecieron hace poco más de un siglo.
Pero a diferencia de aquella época, en la que estos conflictos, aún en ciernes, aparecieron como consecuencia de cambios y guerras mayores, hoy se despliegan como conflagraciones protagónicas del cambio de época que atestiguamos y padecemos.
Un eco llega del pasado: así como la Primera Guerra Mundial trajo consigo la desaparición o desmembramiento de imperios, hoy podríamos observar la partición o extinción, no de imperios, sino países que, como Ucrania, Siria y Palestina, han quedado a merced de los intereses imperialistas de potencias regionales y mundiales.
La única alternativa a una paz impuesta por un bando ganador, que traería como consecuencia probablemente la destrucción parcial o total del bando perdedor, es un acuerdo internacional que implique la renuncia de los beneficios exclusivistas en pro de un bien mayor, a saber, el derecho humano a la existencia, ya sea como individuo o como colectivo.
Para ello, todos los actores enfrentados deberían estar dispuestos a conceder algo, sobre todo los que más poder destructivo tienen.
(Imagen: Mediapart)