(Por Arturo González González) En los últimos años, es común escuchar en Europa y América lo que China es, o representa, para Estados Unidos. Un socio aprovechado. Un competidor desleal. Un desafío sistémico. Un rival geopolítico, económico y tecnológico. Pero muy poco escuchamos acerca de lo que Estados Unidos significa para China. Y dado que nos encontramos en un momento en el que la hegemonía estadounidense se repliega y la potencia asiática está a punto de consumar su ascenso a la cima, merece nuestra atención averiguar qué lugar ocupa Estados Unidos en la visión de futuro de China. Para saberlo, debemos revisar cuatro iniciativas con las que Pekín pretende darle forma a un nuevo mundo. Un mundo post hegemonía estadounidense.
Antes de analizar las iniciativas, valga retomar un apunte histórico que puede ayudarnos a comprender las distintas escalas temporales en las que se desenvuelven ambas potencias, y la esencia de sus pensamientos geopolíticos respectivos. Estados Unidos acaba de iniciar el año 250 de su independencia. El 4 de julio de 2026 el titán americano celebrará dos siglos y medio de vida como estado independiente, aunque 1776 es en realidad el inicio de la lucha y no la consumación. La mayoría de los países se muestran casi siempre más prestos a reconocer su liberación que a aceptar la de otros.
En contraste, en 2029 China cumplirá 2,250 años de la creación del primer estado imperial. Para el año 221 a. C., cuando la dinastía Qin logró la unificación del territorio, la civilización china ya había recorrido alrededor de dos milenios de historia, es decir, una cantidad de años similar a la que ha transcurrido desde la formación del primer imperio. El contraste en la escala temporal es evidente e impregna la visión de cada estado. Mientras que el pensamiento geopolítico de Estados Unidos es táctico, medido en lustros o, a lo sumo, en décadas, la geopolítica de China es estratégica y se mide en siglos. Los impulsos dominan al titán de América. La paciencia es la virtud del gigante de Asia.
Ahora sí, ¿cuáles son las iniciativas que impulsa Pekín para crear un nuevo orden mundial? La primera de ellas es la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR). Con su lanzamiento en 2013 el presidente Xi Jinping inauguró su mandato presidencial, en medio de la recuperación global de la crisis económica de 2008-2009. Se trata de un proyecto geoeconómico enfocado en la construcción de infraestructuras de conectividad a través de Eurasia, África e incluso América Latina.
La IFR la conforma un cinturón terrestre, conocido como la Nueva Ruta de la Seda, nombre que evoca la milenaria ruta que conectó a China con el Imperio romano, primero, y los reinos y ciudades europeas, después. También consiste en una red de corredores marítimos que recuerdan a la vieja ruta de las especias que facilitó el intercambio de bienes de Asia Oriental a Europa entre los siglos VII al XVI. El objetivo oficial de la IFR es impulsar el comercio, la inversión y el desarrollo compartido con eje en China mediante la integración física de mercados: puertos, aeropuertos, ferrocarriles, carreteras, oleoductos, redes digitales, etc.
Pero la IFR también persigue fines geoeconómicos y geopolíticos. Por un lado, permite a China exportar su excedente industrial y su capacidad de construcción. Con ello, aprovecha la obra pública internacional para mitigar los problemas internos de sobrecapacidad a la vez que desarrolla sus provincias del interior. Por otro lado, la IFR abre nuevos mercados para empresas chinas y asegura rutas comerciales y energéticas alternativas, reduciendo la dependencia de las rutas controladas por Estados Unidos. La Franja y la Ruta busca “pluralizar las vías de contacto” de China con el mundo, diluir así cualquier bloqueo y aumentar la influencia china en Eurasia y más allá.
En 2021, en plena pandemia, el presidente Xi anunció la Iniciativa de Desarrollo Global (IDG) para recolocar el desarrollo sostenible en el centro de la agenda internacional. El objetivo es consolidar a China como amigo e impulsor del Sur Global, y así proyectar su imagen de gran potencia responsable y contrapeso a la visión occidental. Como estrategia, la IDG permite a Pekín liderar la agenda de la prosperidad mundial apropiándose del discurso de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de la ONU. En términos prácticos, la IDG persigue alinear la cooperación china con las necesidades de países en desarrollo en ámbitos como la reducción de pobreza, seguridad alimentaria, salud pública, financiación climática, educación, transformación digital, etc. Además, la IDG sirve para reivindicar un enfoque alternativo en derechos humanos, con énfasis en el derecho al desarrollo económico frente al énfasis occidental en los derechos civiles, políticos y de propiedad.
La Iniciativa de Seguridad Global (ISG) fue propuesta por Xi Jinping en abril de 2022, dos meses después de la invasión de Rusia a Ucrania. Se trata de una apuesta para reformular la arquitectura de seguridad internacional conforme a principios distintos de los vigentes bajo la hegemonía estadounidense. Según Pekín, el mundo debe “abandonar la mentalidad de Guerra Fría” y buscar una seguridad común mediante el diálogo y lejos de la lógica de bloques enfrentados. La ISG persigue eliminar las causas profundas de los conflictos internacionales y mejorar la gobernanza de la seguridad global, al ofrecer una “solución china” frente a la teoría de seguridad geopolítica occidental que tiene como sello hoy “la imposición de la paz a través de la fuerza”.
En la práctica, la ISG equivale a desafiar los fundamentos del sistema de alianzas construido y liderado por Estados Unidos, así como la noción de seguridad basada en la superioridad militar de un bloque, la OTAN. En su lugar, China aboga por mecanismos de seguridad inclusivos que atiendan las preocupaciones de todos los estados por igual. Para ello, propone el concepto de indivisibilidad de la seguridad, que quiere decir que ningún estado puede imponer su objetivo de ser seguro a costa de otros. Y lo hace aún con contradicciones. Pekín intenta alinear a esta idea su interés de debilitar la contención militar estadounidense en Asia-Pacífico y a la par obtener reconocimiento a las “preocupaciones legítimas”, por ejemplo, de Rusia en Ucrania, o de China respecto a Taiwán.
La cuarta iniciativa es la Iniciativa de Civilización Global (ICG), que presentó el presidente chino en marzo de 2023, siete meses antes de la nueva escalada bélica de Israel y Occidente contra Palestina y el Eje de la Resistencia. La ICG amplía la visión china al terreno cultural e ideológico. Como vimos, la Franja y la Ruta es el eje impulsor del crecimiento económico con perspectiva china. La IDG pone el acento en cómo organizar el desarrollo mundial. La ISG se enfoca en cómo gestionar de forma segura dicho desarrollo. En esta misma ruta de ideas, la ICG pretende sentar las bases de cómo construir un desarrollo en la diversidad.
China propone que, en vez de dividir al mundo por sistemas políticos (democracias contra autocracias) o imponer valores supuestamente universales (libertad de expresión, derecho a la propiedad privada) como lo hace Occidente, se respete la pluralidad de civilizaciones, se fomente el entendimiento mutuo y se rechace la superioridad cultural. Con la ICG Pekín pasa a la ofensiva ideológica: en lugar de sólo defenderse de las críticas por violaciones a los derechos humanos en su territorio, promueve una agenda propia de valores “comunes” que incluyen el desarrollo y el orden, y cuestiona la autoridad moral de Occidente para dictar estándares.
El concepto clave que articula a las cuatro iniciativas es el de “crear una comunidad de destino (o futuro) compartido para la humanidad”. China pretende dar forma a un mundo donde ninguna potencia imponga su modelo. Donde “la prosperidad compartida” sea la base de la paz. Donde las reglas globales se decidan colectivamente (no en Washington o Bruselas solamente). Y donde las civilizaciones coexistan sin los choques previstos por Samuel Huntington.
El proyecto de conjunto es un orden post-occidental en el sentido de que relativiza los valores occidentales y redistribuye el poder hacia Oriente y el Sur. Un mundo multipolar de estados soberanos en el cual los más poderosos posean sus respectivas áreas de influencia. China se ve a sí misma como constructora y líder de un nuevo orden más justo y estable, donde actuará de guía, socio y garante. Pero el éxito de esta visión depende no sólo de las verdaderas intenciones chinas sino también de las dinámicas de interacción con Occidente, principalmente Estados Unidos.
¿Cómo se ve al titán americano en las iniciativas descritas? Resulta interesante que Estados Unidos casi no aparece de forma explícita. Pero el papel de la gran potencia constituye un trasfondo omnipresente. Dado que el actual orden internacional liberal fue construido bajo liderazgo estadounidense, cualquier proyecto alternativo de China necesariamente debe posicionarse respecto a Washington, ya sea integrándolo, compitiendo con él o desplazándolo. El gigante asiático ofrece un lugar al titán americano en su visión, pero un lugar radicalmente distinto al que ha ocupado: ya no como hegemón unipolar sino como una potencia más en un concierto plural. Esto supone un ajuste histórico para Estados Unidos que no va a ocurrir sin resistencia. Trump encarna dicha resistencia.
Las cuatro iniciativas globales de China son, en el fondo, un manifiesto del orden post-americano que Pekín aspira a construir: un orden en el que Estados Unidos no desaparece, pero tampoco domina; coexiste bajo nuevas reglas que limiten su poder. Lograr ese cambio pacíficamente es el padre de todos los desafíos geopolíticos. Queda por ver si Estados Unidos encuentra acomodo en esa estructura o si la rivalidad estratégica entre ambas potencias impedirá semejante ajuste, lo que nos llevaría a la división del sistema internacional e, incluso, a un posible conflicto mundial. Debemos leer las señales de tendencia con atención y cuidado para disminuir el riesgo en nuestras decisiones.