Los jinetes de la guerra cabalgan de nuevo

Jinetes de la guerra

(Por Arturo González González) Las personas que podrían tener un recuerdo vivo de la Segunda Guerra Mundial no llegan ni al 1 % de la población del planeta en 2025. El vínculo directo con el peor conflicto bélico en la historia de la humanidad se está perdiendo. En unos cuantos años nos quedarán sólo los registros históricos, los relatos documentados, las creaciones literarias, el arte, las películas y series y las interpretaciones en forma de documentales y contenidos de prensa e internet. Probablemente a finales de la década siguiente no quede nadie que pueda contar de viva voz lo que ocurrió, ya sea que haya participado o que haya sido víctima o testigo cercano o lejano. Así es el ciclo histórico. Esta semana se cumplen 80 años del fin de una guerra que marcó, como ninguna otra, el comienzo de una nueva era global. Una era que, por cierto, está llegando a su fin ahora frente a nuestros ojos y oídos, bajo el impulso de fuerzas que hacen eco de las que empujaron al mundo a dos conflagraciones brutales en un lapso de tres décadas.

La primera vez que escuché o leí algo sobre la Segunda Guerra Mundial fue, como muchos, en la primaria. Datos básicos y alguna que otra anécdota. Ya en la secundaria la información se multiplicó. Por aquellos años –principios de los 90–, recuerdo haberme enganchado con una serie de cuyo nombre no puedo acordarme. Se transmitía cada semana en un canal mexicano de televisión abierta. La primera parte de cada capítulo estaba dedicada a narrar de forma dramatizada los acontecimientos principales del conflicto en Europa; la segunda parte contaba las tribulaciones de una familia en medio de la guerra. Hoy recuerdo que la mirada de la serie era occidental con un marcado acento sobre el holocausto judío, como la mayoría de las series y películas que abordan el tema y que son producidas en Occidente. Es una versión de la historia que se convirtió en “la versión” para millones de personas gracias a los medios masivos de comunicación.

Desde entonces he leído, visto y escuchado una multiplicidad de versiones. Poco a poco me fui dando cuenta de aspectos que normalmente se pasaban por alto. Por ejemplo, que, con todo y lo atroz que fue la maquinaria de extermino nazi, la población judía no fue la que más integrantes perdió; soviéticos y chinos fueron, por mucho, los que más muertes registraron. Que buena parte de las bajas reportadas como británicas en realidad eran indios que pelearon y murieron bajo las órdenes del Reino Unido. Que la batalla más sangrienta fue la de Stalingrado, con más de dos millones de muertos, y que significó el inicio del fin para la Alemania nazi. Que las bombas atómicas estadounidenses se lanzaron contra la población civil de Hiroshima y Nagasaki más para mandar un mensaje hacia la post-guerra que para quebrar la férrea voluntad japonesa. Y que la Segunda Guerra Mundial no es un conflicto que comenzó el 1 de septiembre de 1939, sino que forma parte de un largo fenómeno cataclísmico mayor que incluye a la Primera Guerra Mundial y otros acontecimientos.

La Segunda Guerra Mundial formó parte de un largo y doloroso proceso de transformación global de por lo menos tres décadas, que marcó el fin del orden mundial bajo la hegemonía británica y el inicio de un nuevo orden bajo la hegemonía estadounidense. Observo con preocupación que las fuerzas que llevaron al mundo a la guerra total hace ocho décadas, hoy aparecen como rimas del pasado en la transformación global marcada por el fin de la hegemonía de Estados Unidos. Existen muchas duras lecciones de lo sufrido por el mundo entre 1914 y 1945. Una de ellas es que cuando se conjugan ciertos elementos políticos, económicos, sociales y militares, se alcanzan puntos de no retorno que conducen a la guerra en medio de la descomposición de un orden internacional. Las fuerzas del pasado que hacen eco hoy no se asoman idénticas como meras repeticiones, sino transformadas a la vuelta de los años con reminiscencias, sí, pero también con novedades.

Lo primero sobre lo que quiero llamar tu atención es la convergencia de los principales espacios geográficos de conflicto. Los teatros de guerra centrales hace 80 años fueron Europa, Oriente Medio y Asia Pacífico. En nuestro presente vivimos una guerra en Europa del Este con el potencial de expandirse hacia otras partes del continente; un conflicto regional en Oriente Medio que involucra a por lo menos una docena de países, y tensiones crecientes en Asia Oriental, principalmente en la península de Corea y el Estrecho de Taiwán. Es decir, los tres teatros de operaciones de la Segunda Guerra Mundial son foco de conflicto hoy. Pero hay otros elementos que debemos tomar en cuenta y que, quizá, son más relevantes.

Uno de los detonantes de las guerras de hace un siglo fue el imperialismo territorial. Las principales potencias de la época se encontraban inmersas en una vorágine de control de espacios, recursos y poblaciones que condujo a un choque frontal de intereses imperialistas. Las motivaciones de Rusia e Israel en sus respectivas zonas de conflicto tienen que ver con la expansión de sus territorios, el control de poblaciones y el acceso a recursos. China, por su parte, aspira a la integración plena de Taiwán a la República Popular, mientras Estados Unidos busca ganar presencia en el Ártico adquiriendo, por coacción, posiciones en Canadá y Groenlandia.

El imperialismo territorial moderno siempre va de la mano de una lógica económica de capitalismo intensivo, rapaz y extractivista representado en el pasado por las “aristocracias” del carbón, el acero y el petróleo, y en el presente por la oligarquías tecnológicas de los gadgets, los datos y las inteligencias artificiales. Los Krupp de la primera mitad del siglo XX son los Musk del primer cuarto del XXI. En el fondo, la lucha geoeconómica es por las fuentes de minerales y energía para alimentar a la industria estratégica del momento.

De igual forma que el orden liberal económico se fragmentó como consecuencia de los nuevos intereses capitalistas e imperiales, el orden neoliberal se desintegra por razones similares. La geopolítica ha tomado de nuevo el mando de la economía. El nacionalismo económico adquiere el rostro del proteccionismo. Los aranceles se elevan a niveles de la década de 1930. El nacionalismo político adopta las formas populistas empujadas por la xenofobia y el racismo. El supremacismo blanco vuelve empaquetado en políticas migratorias persecutorias que impulsan el sueño racista de unos Estados Unidos menos diversos y más blancos. Cada vez está más claro que Make America Great Again significa Make America White Again.

Y en medio del repliegue hegemónico estadounidense, la emergencia de nuevas potencias, la competencia geopolítica y geoeconómica voraz, el armamentismo prolifera igual –o peor– que en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Para el cierre de 2025 el gasto militar global habrá rebasado los tres billones de dólares, algo así como el Producto Interno Bruto total de Francia. Los inventarios se están saturando por la presión de Estados Unidos a la Unión Europea para que le compre más armas, y debido también a las amenazas por los conflictos vigentes y latentes. De la misma forma que 1914 permitió a los señores de la guerra sacar sus inventarios para continuar con el negocio de las armas, hoy los conflictos aparecen como el pretexto para usar y comprar más equipos bélicos.

La sombra del pasado más oscura que se cierne sobre nosotros hoy se llama genocidio y limpieza étnica. Creímos alguna vez que el mundo nunca volvería a atestiguar las atrocidades de los campos nazis. En pleno 2025 suceden frente a nuestras narices. La voluntad de exterminio está viva en gobiernos que impulsan la limpieza étnica de territorios, como el de Israel que se ensaña con los gazatíes, o que pretenden desaparecer estados soberanos para incorporarlos a sus territorios, como el de Rusia que niega a Ucrania su derecho a existir como país independiente. Trump coquetea con lo mismo cuando habla de Canadá y otros países lo hacen con sus vecinos. Como puedes ver, los jinetes de la guerra cabalgan de nuevo en el siglo XXI, a 80 años del fin del más violento de todos los conflictos.

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Arturo G. González

Soy adicto a saber y descubrir algo nuevo todos los días. Me obsesiono con tratar de entender el mundo y la época que me tocó vivir. No puedo escapar a la necesidad de comprender por qué nuestra civilización es como es, y para ello leo noticias, opiniones, artículos de análisis y libros; escucho música y veo cine. Creo que el pasado vive en el presente, y que el presente es la pieza clave del futuro. Te invito a este viaje de pensamiento y descubrimiento cotidiano. Esta es mi visión del mundo.